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Itxu Díaz

La generación entre bostezos

Desde el cambio climático hasta el multiculturalismo, los adolescentes de hoy han sido alimentados con la mayor campaña de propaganda de la historia

El presidente de Vox, Santiago Abascal, participa este sábado en Cuarte de Huerva (Zaragoza) en un acto electoral de cara a las elecciones de Aragón. EFE/ Javier Cebollada | EFE

La adolescencia es un momento delicado. Todo cambia por dentro y por fuera. Supongo que es la manera que se le ocurrió a Dios para que nos alejemos del nido y emprendamos nuestra propia vida. Durante unos años, los hijos no aguantan a los padres y los padres no aguantan a los hijos, pero todo rodeado de un amor mutuo furtivo casi inexplicable. P. J. O'Rourke, que siempre acierta, lo definía así: "Sabes que tus hijos se están haciendo mayores cuando dejan de preguntarte de dónde vienen y se niegan a decirte adónde van".

Una de las grandes emociones de la adolescencia es que empiezan a gustarte las chicas. Y a ellas, a su vez, les gustan los chicos. Pero a esta generación se le ha enseñado en la escuela, en los medios y en las películas que los hombres son violadores y que pueden convertirse en mujeres si quieren. Cuando cualquier cosa puede ser una mujer, las mujeres han dejado de existir. Esto es un drama para las chicas, pero más aún para los chavales que sueñan con enamorarse de ellas.

Otras cosas divertidas de la adolescencia son escuchar música a todo volumen, beber ron con Coca-Cola, y pisar a fondo el acelerador del coche más ruidoso del garaje. Pero a esta generación le han dicho que los coches ruidosos están destruyendo el cambio climático y que deberían conducir ese coche teledirigido gigante que zumba como un mosquito y es tan emocionante como una inspección de Hacienda. La música alta es contaminación acústica y probablemente hace enloquecer a los pájaros y provoca microinfartos en nuestras amigas las plantas, y al ron con Coca-Cola antaño se le llamaba "Cuba Libre" y supongo que eso es inaceptable para el Gobierno de España.

La adolescencia solía ser también una época para descubrir el valor de la amistad. Pasabas horas hablando con tus amigos y, por primera vez, debatías sobre problemas "reales": un amor no correspondido, el sentido de la vida, un lío familiar con tus padres o las consecuencias profesionales de las malas notas. Esas conversaciones sinceras ya casi no ocurren, porque el huracán cultural de la IA se ha convertido en el oráculo definitivo, y ya no es necesario pasar el trámite de charlar cara a cara de temas delicados con un humano, todo les empuja a hacerlo con el idiota de ChatGPT.

Las chicas han sido bombardeadas con la ola suicida del feminismo queer de Butler, como si solo hubiera una forma de ser mujer: independiente, viviendo sola, con un gato y una botella de vino como única compañía. Y a los chicos de 15 años se les ha dicho constantemente que las mujeres han sufrido siglos de discriminación por su culpa, como si los mismos adolescentes de hoy llevaran cientos de años gobernando secretamente el planeta.

En uno de los giros más inesperados de esta locura, las chicas guapas han pasado a ser consideradas sospechosas por su belleza; echa un vistazo a lo que la izquierda dice sobre Sydney Sweeney. La fealdad, la androginia, la obesidad patológica han sido hasta hace nada los ideales femeninos a reivindicar en los catálogos de moda, aunque la tendencia está cambiando. Cuando cambia el viento, lo primero que cambian de orientación son los billetes.

Desde el cambio climático hasta el multiculturalismo, los adolescentes de hoy han sido alimentados con la mayor campaña de propaganda de la historia, la mayor dosis de adoctrinamiento jamás dirigida a ninguna generación, tratando de moldear y controlar cada aspecto de sus vidas y sus pensamientos: desde la sexualidad hasta lo que se puede y no se puede decir en público, desde los dibujos animados hasta los editoriales de los principales periódicos, desde la cultura de la cancelación en las redes hasta las malditas promociones de las cadenas de comida rápida, desde la escuela hasta la última de las instituciones controladas por el Gobierno. Todo. Todo. Es posible que quienes no están en contacto hoy con adolescentes no sean conscientes de la turra monumental que les ha caído encima.

Son la generación entre bostezos. La generación aburrida. Cansada de no poder pensar por sí misma. Cansada de que les roben la infancia. Frustrada porque nadie detiene esta locura. Cansada de que, hagan lo que hagan, algún idiota siempre les señalará con el dedo y les dirá: "¡Lo estás haciendo mal!". Harta de que hasta las leyes respalden la monserga ideológica que les persigue desde la mañana hasta la noche. Y cansada de tener que tragarse los mensajes envueltos en hamburguesas con consignas ecologistas o envueltos en una bandera arcoíris con mensajes nada sutiles sobre temas que no solían hablarse en la mesa.

El diluvio woke se está desmoronando a gran velocidad en el sector privado, y poco a poco en el público, sí, pero la chapa que se ha comido esta generación de zagales ya no se la quita nadie. Resulta gracioso que los políticos que permitieron que esto sucediera en Occidente no entiendan por qué los adolescentes se oponen radicalmente a toda esta basura, y por qué a los chavales no les importa una mierda declararse de derechas, o de ultra-extrema-super-derecha, si están ahí los únicos partidos que prometen devolverles su libertad.

Me cuentan que anda Sánchez últimamente desquiciado con el asunto de los jóvenes españoles, preguntando aquí y allá. Se ve que aún no lo entiende. Si es muy fácil: no es solo que no estén de acuerdo contigo en nada, es que están completamente hartos de ti, de tu persona, de tus políticas, y de todo lo que representas, porque eres el rostro visible en España de la secta global que les ha sermoneado sin descanso durante la última década, que debían haber sido sus mejores años. Por eso, cada vez que se juntan, se acuerdan de ti, y corean la canción del verano. Algo que no había pasado jamás a ningún otro presidente.

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