
El intento de que el día internacional de la mujer se transformara en un masivo espaldarazo al 'no a la guerra' de Pedro Sánchez ha salido regular. Regularmente mal, incluso. Se pudo incrustar la consigna, cosa que no es difícil, pero los actos de este 8 de marzo no trascendieron como un evento histórico demostrativo del gran rechazo de las españolas al ataque americano e israelí contra una teocracia islamista que no reconoce ningún derecho a las mujeres y las mata y reprime brutalmente si protestan. Tampoco se vio, al menos yo no he visto, que se portaran retratos de Pedro para celebrar el título de líder moral de Occidente que le acaba de conceder algún ministro suyo o como señal de gratitud por el feminismo de un Gobierno en el que algunos manejaban catálogos de prostitutas. Si en las cocinas de Moncloa se pensó que este 8-M era una buena oportunidad para probar la pegada del 'no a la guerra' y su capacidad de sacar a la gente a la calle - para luego llevarla a las urnas -, no habrá allí mucho contento. Y como el voto femenino ha sido crucial, cuando no determinante, para que Mr. Handsome siga donde está, la prueba del 8- M tenía su importancia.
No se pueden comparar los últimos 8-M con el de hace ocho años, el que fue, en palabras de la prensa, histórico, y trajo como novedad una supuesta 'huelga feminista' apoyada por las conductoras de los grandes matinales de la tele. Todavía está por analizar qué pasó para que en un país donde el feminismo era minoritario y la jornada no atraía a grandes masas, de pronto pareciera que no había otra causa que ésa y todo el mundo se apuntaba. ¿Era la espoleta el metoo, la oleada de denuncias de actrices de Hollywood contra los hombres de la industria del cine en 2017? Posiblemente, como también lo fue el caso La Manada, cuyo juicio se siguió en aquellas fechas con gran atención mediática y con extrema instrumentalización política. A fin de cuentas, aún gobernaba la derecha entonces y esa es una situación en la que toda posibilidad de protesta se exprime al máximo.
De las alturas de hace ocho años, el 8-M ha ido cayendo, arrastrado por el sectarismo y por las locuras y aberraciones de la política feminista gubernamental. Precipitó el descenso, el 8-M del contagio, cuando el Gobierno se negó a desconvocar las marchas, pese a que la epidemia ya había entrado, porque 'el machismo mata más que el coronavirus'. Aún lo seguirán sosteniendo. La marea empezó a bajar entonces y no ha vuelto a subir. El feminismo tiránico y divisivo utilizó la victimización de la mujer para conseguir poder, pero su paso por el poder lo ha hundido. Su delirio y su incapacidad quedaron retratados en el destrozo del Código Penal al grito de 'no es abuso, es violación', con el resultado de la reducción de condenas de agresores sexuales y su puesta en libertad.
Hace ocho años tuve la oportunidad de firmar un manifiesto que impulsaron Berta G. de Vega, Teresa Giménez Barbat, María Blanco, Miriam Tey, Cayetana Álvarez de Toledo y otras mujeres relevantes. Se titulaba No nacemos víctimas y se publicó el 8 de marzo de 2018. En aquel texto se exponían posiciones razonadas y razonables y se esbozaba una crítica de la doctrina del que pronto sería el feminismo oficial. Lo primero que rechazaba el manifiesto era la victimización de la mujer, la palanca que usaba el feminismo sectario para ganarse la confianza de las mujeres. Trataron de tutelar y dirigir a las mujeres, de criminalizar a los hombres y de provocar una 'guerra de sexos', pero han acabado repudiadas por muchos, incluidos parte de los que, años atrás, se subieron a su carro. Es bueno poder decir, y hacerlo sin alarde y sin presunción, que se ha demostrado que el manifiesto No nacemos víctimas tenía la razón de su lado.
