Si para Ortega y Gasset España era el problema y Europa la solución —por lo que había que europeizar España—, Pedro Sánchez está de acuerdo con el filósofo en que España sigue siendo el problema, pero ha cambiado la solución: ya no pasa por Europa, mucho menos por Estados Unidos, sino por África y la otra gran potencia mundial, China.
En el contexto de una Europa en transformación, cada vez más debilitada por tensiones geopolíticas, desafíos económicos y flujos migratorios ante los que es incapaz de reaccionar con racionalidad y coraje, sumida en los mantras y los dogmas del multiculturalismo, surge un paralelismo revelador sobre las trayectorias de dos naciones que funcionan como paradigmas enfrentados: Polonia y España. Bajo el liderazgo del liberal Donald Tusk, Polonia avanza hacia una mayor europeización, profundizando su integración en la Unión Europea, impulsando reformas económicas y fortaleciendo su postura defensiva al aumentar su presupuesto militar y apostar por el lema clásico «si quieres la paz, prepara la guerra».
Desde el regreso de Donald Tusk al poder, Polonia ha acelerado su alineación con los valores y estructuras de la UE, pero sin revertir la tendencia del anterior Gobierno de Ley y Justicia hacia una regulación de la inmigración y un fortalecimiento de sus normas culturales propias. Esta europeización se manifiesta en reformas judiciales para desbloquear fondos de la UE, mayor cooperación en defensa y un enfoque liberal hacia la convergencia.
En términos económicos, Polonia ha experimentado un crecimiento impresionante. Según datos del Fondo Monetario Internacional, la renta per cápita en paridad de poder adquisitivo de Polonia ha superado a la de España por primera vez, impulsada por reformas estructurales agresivas desde los años 90, como inversión en infraestructuras y atracción de capital extranjero, en contraste con el estancamiento español. Por otro lado —y esto es especialmente relevante respecto a la España de Sánchez, que se precipita hacia el magufismo político, científico y económico—, Polonia, que parte de una matriz energética dominada históricamente por el carbón, ve la energía nuclear como la vía para descarbonizarse sin depender de renovables intermitentes. Su apuesta es pragmática, ya que busca seguridad de suministro, independencia energética (especialmente tras la invasión de Ucrania) y precios estables para su industria. Mientras, en España, Sánchez practica el negacionismo nuclear, lo que seguramente nos llevó al apagón más grande de la historia y nos dirige hacia el estancamiento más brutal.
La deuda pública polaca se mantiene controlada en torno al 58 % del PIB, lo que permite una gran flexibilidad fiscal para afrontar inversiones en defensa y bienestar. Un pilar clave de esta europeización es la postura militar. En marzo de 2026, Tusk se puso en contacto con Macron y otros aliados europeos —entre los que no está, lamentablemente, España— para unirse a un «programa avanzado de disuasión nuclear», en respuesta al anuncio de aumentar las ojivas nucleares francesas y extender un «escudo nuclear» europeo. Tusk enfatizó en X: «Nos armamos junto a nuestros amigos para que nuestros enemigos nunca se atrevan a atacarnos». Además, señaló que Polonia eventualmente buscará sus propias armas nucleares para garantizar «seguridad nuclear», en medio de dudas sobre el compromiso de EE. UU. bajo una posible administración Trump. Esto fortalece la autonomía estratégica de la UE, alineándose con la OTAN pero priorizando la integración europea, especialmente ante la amenaza rusa —o africana, para el caso español—, como nos advirtió el incidente con la isla Perejil, la señal de que la espada marroquí de Damocles se cierne sobre Ceuta, Melilla y las islas Canarias.
Por el contrario, en España, Pedro Sánchez se asemeja cada vez más a las naciones africanas en términos de inestabilidad económica, alta migración irregular y dependencia de mano de obra extranjera. Económicamente, aunque España ha mostrado cierta recuperación post-pandemia, la renta per cápita real ha crecido relativamente poco porque la productividad está estancada debido a problemas estructurales como un mercado laboral rígido, un sistema de educación deficiente (y que va a empeorar con cada reforma socialista) y baja inversión en I+D. Como indicaba, la renta per cápita en PPA de España hoy día está por debajo de la de Polonia.
Desde 2018, los flujos totales de inmigración han sido altos, entre medio millón y un millón de personas anualmente, a lo que Sánchez ha respondido con la regularización de 500.000 inmigrantes indocumentados. Esta política contrasta con el endurecimiento europeo, que promueve —a diferencia de Sánchez— una inmigración «segura, ordenada y mutuamente beneficiosa», con acuerdos con países africanos. La falta de control de la inmigración por parte de Sánchez está suponiendo una africanización cultural y económica, que lleva a una sobrecarga en los servicios públicos y a una mutación de las normas culturales, como se aprecia en que ahora son los musulmanes fundamentalistas los que dictan las normas de vestimenta y conducta en los centros públicos de enseñanza: desde la imposición de velos en las normas de vestimenta de un instituto de Logroño (amparada por una juez multiculturalista) hasta la prohibición de actividades que puedan «ofender» a los que practican el Ramadán, como ha hecho el Ayuntamiento de Barcelona.
España bajo Sánchez se africaniza por su enfoque multiculturalista en migración que no solo rechaza cualquier estrategia de integración, sino que se alinea con la estrategia islamista, como ha denunciado en el Parlamento español la activista iraní Masih Alinejad, mientras se acerca a dictaduras islámicas, como sucedió con Zapatero y su cínica alianza de civilizaciones con Erdogan y ahora, de la mano de Sánchez, con Marruecos e Irán. Por no hablar de que prefiere a China antes que a Estados Unidos como superpotencia mundial. En última instancia, mientras Polonia se fortalece en el núcleo europeo, España navega hacia un modelo alineado con el tercermundismo emergente, de Xi Jinping a Maduro (ahora Delcy Rodríguez) pasando por Mohamed VI y Jamenei. Eso sí, dada su alianza con los enemigos interiores de España —de Otegi a Puigdemont pasando por Junqueras y Rufián—, hay que reconocerle a Sánchez coherencia en su política exterior, tan tóxica y venenosa para los intereses españoles como la interior.

