
El gorrión es grácil, delicado, limpio y buena gente. La paloma es sucia, torpona, engreída, y hace ruidos inquietantes. La gaviota es la rata del aire. Como hombre de mar, de la gaviota no puedo hablar si no es en presencia de mi abogado. El gorrión se extingue lentamente en España y a nadie parece importarle. La alegría de la calle, el dulzor de parques y jardines, la banda sonora de cualquier niñez feliz. Se nos va.
Desaparecen gorriones y golondrinas. No se van las gaviotas. Las urracas ya están en las ciudades, que de niño solo las veías en las aceras. Y las palomas, crezca o no su población, mantienen su asquerosa frecuencia de bombardeo sobre los trajes nuevos de los transeúntes. Cada vez hay más jilgueros en nuestros barrios, no todo iban a ser malas noticias, y en algunas ciudades la cotorra argentina se ha convertido en plaga. La cotorra, más si es argentina, es bicho pesadísimo, cursi, ruidoso, y antinatural en nuestras calles. La cotorra argentina convirtiendo cualquier árbol de Madrid en un arrabal depauperado, es alegoría fatal de nuestra política migratoria.
Pocos conocen que España alberga varios tipos de gorriones. Estamos acostumbrados al gorrión común, que es el que está desapareciendo más velozmente, que hay un 20% menos que en el año 2000. Pero a mi me cautiva el gorrión molinero, más difícil de encontrar, pero más intenso en sus colores y con su corona marrón, como la cáscara de una castaña, y su gracioso brochazo negro bajo el oído.
El estornino es como una mujer bella y tóxica, que solo los disfrutas cuando cubren el sol en bandada, haciendo formas oníricas en el cielo; de cerca, cuando tocan tierra, convierten cualquier lugar en el camarote de los hermanos Marx. También abunda en parques y jardines españoles la lavandera, que es ave ligera, con su nervioso bamboleo de cola, y su abanico de blanco y negro de arlequín al azar el vuelo. Tiene algo, quizá el nervio, que me recuerda al colirrojo tizón, que se descuelga siempre por acantilados imposibles.
Hace décadas que preocupa el ave de Bécquer, la golondrina, con un descenso poblacional del 40% en Europa, quizá porque ya no quedan poetas, o peor, porque se extinguen los lectores de poesía, y cada vez menos gente se asoma al balcón esperando el regreso de las oscuras señoritas de los cielos.
Los carboneros siguen dando sorpresas a los observadores casuales, con su sonido de brindis de cristal de Bohemia, y su intenso amarillo coronado por la corbata de los Blues Brothers. Picotean las ramitas de los pinos con la delicadeza con que se besan, por vez primera, dos enamorados que no están seguros de sus destinos. Y sigue sin haber presencia más inquietante que la del petirrojo, que parece de cartón, inmóvil e impasible a la presencia humana. Detrás de su fina silueta no hay mucha poesía. Ahí donde lo ves, el petirrojo tiene una mala leche colosal, defiende su espacio con agresividad, pero aprende rápido, y en seguida detecta que el hombre no representa una amenaza directa, por eso simplemente nos ignora, mientras busca algún competidor al que arrancarle la cabeza de un picotazo.
El mal agüero de los cuervos no da tregua en los campos que rodean las ciudades. Mientras que el mirlo, que incomprensiblemente algunos confunden con los córvidos, es ave de jardín con un pronto muy malo, que lo ves apacible al sol, dando saltitos entre la hierba, y cuando menos lo esperas, alza el vuelo y grita como un poseso cruzando en vuelo rasante. El peor despertar de la siesta en un parque, allá por la Tierra Llana del Miño, la Terra Chá, me lo dio un mirlo, el muy cabrón, que triscaba muy cerca entre el follaje y debió acordarse de repente de que había dejado la olla al fuego. Qué gritos, qué manera de volar a velocidad supersónica, qué taquicardia.
Se ven más arrendajos que antes. Y es un ave tan bonita como misteriosa. Le dicen "el centinela de los bosques". Marrón casi rosado, lo reconoces por el parche azul intenso y rayado en negro en las alas. Es el primero en alertar de la presencia humana en los bosques. Siempre que aparece y te mira de soslayo tiene aspecto de estar trabajando para la KGB. Con todo, solo puedo sentirme muy identificado con un tipo que se afana cada otoño en recoger y enterrar miles de bellotas, para tener comida en invierno, y luego olvida dónde demonios había puesto la mayoría de ellas. Yo creo que se llevan mordidas importantes de alguna maderera, su despiste da vida a un sinfín de robledales.
Me preocupa la indiferencia ante la desaparición del gorrión. Tal vez simplemente se estén largando de España. Los gorriones tienen buena memoria. Lo conozco bien, porque recuerdo cómo sabían exactamente la hora en que mi abuela les echaba trocitos de pan en el patio de Ribadeo. Siempre venían los mismos. Por eso creo que se están marchando por voluntad propia. Lo recuerdan todo. Y los gorriones, desde el exterminio de Mao, en cuanto ven un comunista, echan a volar todo lo lejos que pueden. Viven entre nosotros. Leen la misma prensa y ven los mismos telediarios. Tontos no son.
