
El debate tiene enjundia, pero ya sabemos que si interesa no es por eso. Es decir, que interesa precisamente a pesar de eso. De ahí que cuando surge en las conversaciones lo penúltimo que se encuentre uno sea a personas preocupadas por lo central, que era Noelia y que en el fondo éramos también nosotros, incapaces de sostenerla. En realidad hay artículos que hablan de ella, mencionándola como la persona más joven de España en recibir la eutanasia. Hay televisiones que la han entrevistado, hay tertulianos que han pululado alrededor de su desgracia como buitres en el cielo de un vertedero y hay indignación, no importa hacia qué lado. Hay tanta indignación que a veces es difícil diferenciarla de la euforia, por la euforia con la que ha sido expresada. Lo que no parece haber habido es demasiado pudor ante la muerte ni suficiente respeto por el sufrimiento ajeno. Algo que no quiere decir que lo que exista es menos miedo, sino peores herramientas para combatirlo.
La historia de Noelia es una historia de la que no me gustaría hablar. Es demasiado personal y tormentosa, y lo peor, ha sido tan opacada en el hipócrita escenario en el que ha sido expuesta, que se hace imposible aproximarse a ella sin traicionarla de algún modo. Las reacciones que suscita, sin embargo… De ella y su familia se han dicho tantas cosas que lo de menos dejó hace tiempo de ser ella, para ser lo que con ella debía ser atacado. Al final ha quedado una opresión incómoda, algo así como una náusea. Y bastante ruido.
Porque uno es capaz de comprender suficientes cosas. Por ejemplo, la decisión de una chica que, rota, ya no quiere vivir más. También la de su padre, roto, incapaz de dar su decisión por válida. E incluso los argumentos de quienes, no aceptando la premisa que defiende uno, aquella que antepone la autonomía nuclear de cualquier persona para decidir sobre su propia vida, es decir, sobre su propia muerte, le rebaten educadamente y consideran un atraso moral que una sociedad no prohíba el suicidio. Existe una complejidad tan perceptible ahí, en ese problema que nos interpela a todos por ser el único, realmente, que da pudor hasta acercarse a ella. Pero lo que se hace imposible de comprender es este ruido y esta furia y esta consigna que, movida por el rencor, parece olvidar que hay derechos que no deberían ser cantados como victorias. En todo caso, aceptados como fracasos necesarios. Y que existe una fina línea que separa defender la eutanasia de celebrar una muerte.
Ante la muerte de Noelia uno habría esperado el respeto y la conmiseración que merece cualquier desgracia. Desde luego, bastante más silencio. Quizás un recordatorio e incluso también un lamento al comprobar que su aplicación no es más que la constatación de un fracaso. Porque, por más que podamos imaginar que la muerte es la paz para quien la ansía, jamás podrá serlo para quienes no sabemos lo que es eso. Toda muerte es una vida truncada y lo que provoca es un quejido en quienes deseamos seguir viviendo. Enarbolar su bandera en nombre de la empatía, como quien enarbola un pendón en medio de un campo de batalla, es de tal frivolidad que me provoca escalofríos.
