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Hartos del cambio de hora

El cambio de hora podría ser la gota que colmara el vaso de la paciencia de los hartos, o incluso muy hartos, de vivir en los Mundos de Yupi

El cambio de hora podría ser la gota que colmara el vaso de la paciencia de los hartos, o incluso muy hartos, de vivir en los Mundos de Yupi
Unsplash/Vitaly Gariev

Una vez más, toca adelantar el reloj y aprender a hacer malabares con las horas de sueño y con la luz. Doctores tiene la Iglesia a favor y en contra de la medida, cada vez más discutida a pesar de sus supuestas ventajas de ahorro energético en un momento en que esto no es moco de pavo. Claro que el tal moco de pavo no lo es, en parte, por la sucesión de políticas desastrosas que nos han llevado hasta el actual y carísimo caos en la gestión de todas nuestras energías.

El caso es que se hace raro confiar en que los mismos responsables políticos que nos hurtan un debate serio sobre las políticas energéticas –y sobre sus verdaderos costes– no nos estén llevando al huerto con el cambio horario. Que también podría evaluarse en función de otros criterios, por ejemplo, su impacto en la conciliación familiar y en las personas que trabajan en casa y a deshoras.

Vivimos en una sociedad cada vez más tensionada por retos silenciosos. Hablábamos de la conciliación familiar, que cuando se habla de ello la gente entiende trabajar + criar hijos. Pero, ¿qué hay de trabajar + atender personas mayores o muy dependientes? ¿Qué hay de empalmar varios trabajos –regurgitando el pluriempleo de los años franquistas– para llegar a fin de mes y poder hacer frente al coste desbocado de la vida, más y más desbocado cuando mejor se supone que va la economía?

El cambio de hora podría ser la gota que colmara el vaso de la paciencia de los hartos, o incluso muy hartos, de vivir en los Mundos de Yupi de un paternalismo político cada vez más caro de mantener y duro de aguantar. La quiebra de la confianza básica en el sistema a veces se produce por cuestiones aparentemente menores, como cuando un quítame allá esas capas provocó aquel famoso motín de Esquilache. ¿Cómo saber en qué momento la gente se cansará de obedecer a aquellos en los que ya no cree? La erosión de la confianza en lo público avanza lenta pero inexorable y la chispa puede saltar por cualquier cosa, incluso por dos dígitos del reloj.

Hay quien se enfada más por otro cambio, el cambio climático. Que quien esto firma no ha cuestionado nunca. Por lo mismo que tiene la completa seguridad de que ya no tiene remedio y, cuando aún lo tenía, seguro que muchos políticos, Administraciones enteras, se pasaron por el forro las advertencias de los expertos. De los de verdad, no los que cobran por decir y opinar lo que conviene. A estas alturas de la película probablemente ya llegamos tarde, muy tarde, a atajar los efectos de eso por muy verdes y estupendos que nos pongamos, y por mucha gente que gane dinero o notoriedad con eso. Suma y sigue.

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