Estimado señor Cuerpo:
Siga trayendo usted más inmigrantes, don Carlos, para que continúen ayudando a que bajen todavía más los salarios. Hágalo.
No sé si felicitarle por el nombramiento o acompañarle en el sentimiento. Y es que, como usted sabe mucho mejor que yo, el salario más frecuente —no el medio y tampoco el mediano, sino el verdadero que se lleva a casa cada mes la mayor parte de la gente en esta tan celebrada cuarta economía del euro— apenas ronda unos 15.000 raquíticos y miserables euros brutos al año. Sí, brutos y bien brutos. Tan brutos como el contraste definitivamente obsceno entre la música celestial de las estadísticas y la precariedad tangible y cotidiana que esas nóminas garantizan a sus perceptores.
En Mañaneros y sitios así —usted acaso no lo sepa pero ya se lo explico yo— nos hablan de las maravillas del crecimiento del PIB y de una recuperación prodigiosa. Hasta gastan esa palabreja tan de moda entre ustedes, los de arriba, pero que nadie normal usaría jamás: la famosa "resiliencia". Palabras tan mayores como huecas que solo sirven para tratar de esconder a la mirada pública esas 15.000 vergüenzas brutas al año. Porque si recordamos la historia no tan antigua de este país, caro vicepresidente, el bochorno de esos 15.000 brutos se puede transformar en sarcasmo puro y duro.
Pues usted tiene que haber leído, igual que yo, que aquellos tecnócratas que se agenció Franco para que le arreglaran la economía, los López Rodó y compañía, resulta que consiguieron acercar bastante los sueldos mínimos a los sueldos corrientes. Pero usted ha obrado el prodigio contrario: acercar tanto los sueldos normales al sueldo mínimo, tanto, que ya resultan indistinguibles entre sí. Se acordará usted de Narváez, aquel espadón que confesó ante un cura en el lecho de muerte no poder perdonar a sus enemigos (los había fusilado a todos). Pues siga trayendo usted más inmigrantes, don Carlos, para que continúen ayudando a que bajen todavía más los salarios. Hágalo. Traiga otros seis o siete millones más de extranjeros no comunitarios. Y, a ser posible, que ni uno solo resulte ser cualificado. Le garantizo que, desde su tumba, Narváez se sentirá muy orgulloso de tener un discípulo.
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