
Hay en la política española una geometría del absurdo que solo se explica por la existencia de ese espantapájaros tan funcional para el Gobierno llamado Vox. Si esa mosca cojonera que le ha salido al PP no existiera, habría que inventarla ahora mismo en los sótanos de la Moncloa, pues ya resulta ser el único pegamento capaz de obrar el prodigio de que aún se mantenga en pie el Frankenstein de Sánchez. Y es que, sin el miedo atávico al facha bajo la cama, la legislatura habría pasado a mejor vida hace muchos meses por la vía de Waterloo.
En este tablero, Vox ejerce de tonto útil: su sola presencia actúa como el genuino cordón sanitario que impide a la derecha centrífuga y a la centrípeta entenderse, regalándole a Sánchez un salvavidas aritmético que ya no se le va a desinflar hasta que conceda disolver en 2027, por imperativo legal. Lo vimos este martes en las Cortes con la prórroga de los alquileres. Esa pinza entre el PP, Vox y Juntos para tumbar el decreto es un síntoma de sintonía, si bien vergonzante e inconfesable, en el modelo económico. Porque conviene no engañarse: Juntos ya no es el difunto partido de botiguers y pequeños industriales nostálgicos del arancel Cambó que encarnó la CDC de los ochenta.
Aquella fiel infantería de empresarios ineficientes, forjada en el oasis del proteccionismo franquista, ha vivido su propia metamorfosis kafkiana. Tras el fin de los aranceles, reconvirtieron sus herrumbrosas cadenas de montaje en cemento puro y duro. Hoy, la partida de Puigdemont ejerce como expresión política del gran y pequeño rentismo local, esa clase crepuscular que ha sustituido los telares de sus abuelos en Sabadell y Tarrasa por el cobro puntual del arrendamiento a fin de mes. Frente al manido tópico de los 'fondos buitre' multinacionales, el grueso del parque de alquiler está en manos de esos herederos de fábricas fantasmas cuyo sosiego financiero se antoja sagrado para Juntos. Por pura lógica política, Puigdemont ya habría ejecutado hace tiempo al sanchismo, pero mientras el espantapájaros verde siga ahí, en la Moncloa nunca se pondrá el sol.