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¡Ave, Marisú purísima!

Es una crueldad de fariseo disfrazada de maternalismo estatal. Ella exige gratitud. Baja a los barrios como quien baja a una fosa de leprosos fiscales.

Es una crueldad de fariseo disfrazada de maternalismo estatal. Ella exige gratitud. Baja a los barrios como quien baja a una fosa de leprosos fiscales.
Montero durante el acto de toma de posesión de Carlos Cuerpo y Arcadi España. | EFE

Se detuvieron los cronómetros de la productividad en la Puerta de la Carne. El Guadalquivir, que ya bajaba con aires de arrogancia presupuestaria y un caudal de deuda flotante, pareció contener el aliento ante el acontecimiento antropológico de la década. No era una candidata la que asomaba por Despeñaperros; era una Teofanía de Estado. María Jesús Montero, la 'ministra más poderosa de la democracia' —según sus propias hagiografías y las actas de un Consejo de Ministros convertido en sucursal del esperpento—, iniciaba su descenso a los infiernos de la política autonómica con la majestuosidad displicente de una deidad que se digna a pisar el albero para explicarle a los mortales por qué su asfixia tributaria es, en realidad, 'resiliencia inclusiva' y un honor para sus víctimas.

El despliegue no fue un mitin, sino una suerte de procesión laica de la hipertrofia administrativa. Bajó del coche oficial con esa sonrisa que oscila entre la caricia de una funcionaria de prisiones y el aviso de embargo preventivo. Envuelta en un traje de un rojo institucional tan estridente que hería la retina, Marisú no portaba un programa electoral; para la 'Faraona del Gasto', la gestión no es una propuesta, es una extravagancia. Llevaba en la mano un fajo de folios con el sello de la AEAT, como quien porta las Tablas de la Ley recién bajadas del Sinaí de la calle de Alcalá para iluminar a una Andalucía que, a su juicio, es incapaz de respirar sin el oxígeno de su bota fiscal.

Lo que más llamó la atención de los presentes, sin embargo, no fue su séquito ni su verborrea, sino su estado de excitación permanente. Marisú ha alcanzado una frecuencia de vibración política que desafía las leyes de la biología, el decoro institucional y la salud cardiovascular. Existe en ella un frenesí místico-tributario, una suerte de trance chamánico donde cada 'chiqui' suena a latigazo y cada 'escúcheme bien' a resolución firme de un inspector de Hacienda. Con el índice enhiesto cual un cirio de escolta, la mirada encendida por el fervor del gasto público y un tono de voz que escala octavas a medida que menciona el IRPF, la exministra exhibe un nerviosismo eléctrico. Es una agitación en alza y que, en palabras de Juncal, 'no e normal'. Se trata de una vibración metafísica. Un estado de posesión donde el espíritu de la Agencia Tributaria parece haber tomado el control de sus cuerdas vocales para cantar una saeta al déficit público en mitad de la Campana.

—¡Andaluces! ¡Andaluzas! —tronó su voz, en plena efervescencia dopamínica—. ¡Que se entere todo el mundo! Que aquí baja vuestra ministra, la que maneja los caudales, la que pone los ceros en los cheques de unos fondos europeos que nadie ve, pero que yo os juro que están en la nube. Vengo a rescataros de la derecha con la fuerza de quien ha convertido el BOE en una máquina de confiscar esperanzas.

La escena recordaba a las misiones pedagógicas de la República, pero con un presupuesto de comunicación infinitamente más obsceno y un toque de Semana de Pasión. La ministra se paseaba entre la multitud en ese estado de hiperactividad febril, repartiendo palmaditas en la espalda que, en su cosmovisión de economía vudú, computaban como formación bruta de capital. A su paso, las flores de los balcones se erguían, no por el sol de justicia, sino por el pánico cerval a que una inspección de la AEAT les revisara la tasa de fotosíntesis.

—Chiqui —le soltó a un autónomo con esa intensidad eléctrica que roza lo paroxístico—, no me llores por las cuotas, que aquí te traigo yo la Agenda 2030 envuelta en un mantón de Manila. Tú lo que necesitas es comprender que tu quiebra técnica es una oportunidad de decrecimiento feliz. ¡Mírame a los ojos y siente el poder de la redistribución! ¡Siente el latido del Estado en tu cuenta corriente!

Es una crueldad de fariseo disfrazada de maternalismo estatal. Ella exige gratitud. Baja a los barrios como quien baja a una fosa de leprosos fiscales. Marisú espera que el pueblo andaluz se postre ante su 'poderío', olvidando que ese poder emana precisamente de haberles vaciado la despensa. Es la arrogancia mefistofélica del sanchismo: enviar a su 'Virgen de los Dolores Presupuestarios y Fiscales' para que se le agradezca la soga mientras ella explica, vibrando a 220 voltios, que el nudo es de seda sostenible.

Mas, ¡ay!, que tras el estruendo de parches y atabales, y entre las densas nubes de ese incienso con que sahúman el déficit para ocultar la flaqueza del arca, yace sepultada una verdad política que esta ceguera, más mística que devota, no alcanza a discernir. Mientras la ex todo —esa sibilina figura que hoy se consume en el brasero de su propio éxtasis— levita entre vapores de retórica vacía, en los salones de San Telmo no se oye más que el leve susurro de una seda que danza. Allí se respira un aire de kermés, una calma tan ungida de fiesta que parece pecado. Para Juanma Moreno Bonilla, el descenso de la Montero a las arenas del sur no es asedio ni tormenta, sino maná purísimo llovido de un cielo propicio.

'¡Oh, dichosa ceguera la del rival, que convierte la batalla en banquete y al guerrero en convidado de piedra!'

Montero es el espantapájaros perfecto para movilizar el voto de una clase media que ve en su agitación permanente el heraldo de un regreso al intervencionismo más asfixiante. Su misticismo de 'cuanto más gasto, mejor' choca frontalmente con una Andalucía que ha empezado a disfrutar del aire fresco de la libertad económica. Al caer la tarde, la deidad se retiró a sus aposentos de cinco estrellas, todavía vibrando a una intensidad que haría saltar los plomos de cualquier hogar humilde.

Andalucía seguía allí, igual de calurosa y asfixiada por la burocracia, pero ahora con el honor de saber que una semidiosa de la expropiación legal había bajado de los cielos para recordarnos que, aunque no tengamos futuro, ella tiene todo el poder para explicarnos por qué eso es exactamente lo que nos conviene. La comedia de la servidumbre voluntaria acababa de comenzar, y Bonilla, desde su despacho, no podía evitar una sonrisa de profundo agradecimiento ante semejante obsequio electoral enviado directamente por el sanchismo en su estado más puro, místico y peligrosamente excitado.

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