Dafoe y la resurrección
A veces la verdad más penetrante viene revestida de los acentos más antiguos, de los rostros más difíciles, de los seres más recogidos.
Mucho me ha gustado leer en estas páginas una fina semblanza del actor Willem Dafoe y de la vida sencilla que ha decidido llevar lejos de los fastos de Hollywood, donde es más fácil encontrarse a Yolanda Díaz que a él. Yo tuve el honor de entrevistarle hace años en Nueva York, a raíz del estreno de una película —prescindible— donde aparecía junto a Ben Affleck. Recuerdo el irónico comentario de mi jefe de entonces: "Veo que, pudiendo entrevistar a Affleck, has preferido a Dafoe". Pues sí.
Al natural es un hombre pequeño, enjuto. Pasa con muchos actores. Pero es verdad que desde el primer momento percibí tanto su humildad como una seriedad curiosa de encontrar en un gremio tan expuesto a la luz pública, que exige ser casi un profesional de la vanidad.
Él acababa de separarse de su primera mujer, Elizabeth LeCompte, y había pagado un alto precio por ello. Y es que ya entonces él iba a Hollywood a ganarse el pan pero lo que más le gustaba era participar en montajes teatrales más intimistas —que ella dirigía—, donde volcaba su sensibilidad oculta. El divorcio de LeCompte le cerró las puertas de eso. Lo aceptaba con estoicismo pero lo llevaba mal.
Otro tanto podía decirse de su participación en la sonada Anticristo de Lars von Trier, un director de aristas tan apasionantes como delicadas. De repente ciertas feministas y ciertos prewokes le habían puesto la cruz. Que si era un machista irredento y que si tal y tal. Fue preguntarle a Willem Dafoe por Lars von Trier y ponerse tenso: tan bien que íbamos con la entrevista, ¿y yo le iba a crucificar? Viendo su noble rostro de nazareno, me adelanté a poner las cartas encima de la mesa. Le dije textualmente: "Sepa que, en mi opinión, Lars von Trier no solo no es un machista, sino que entiende y honra a la mujer en sus películas como pocos son capaces de hacerlo… o de verlo". Se relajó y nos sonreímos, de nuevo cómplices.
Y es que no siempre lo moderno es mejor. A veces la verdad más penetrante viene revestida de los acentos más antiguos, de los rostros más difíciles, de los seres más recogidos. Que Willem Dafoe haya acabado viviendo todo lo retiradamente posible en Italia con su nueva esposa y donando gran parte de sus ganancias a obras benéficas no me sorprende lo más mínimo. Como no me sorprende lo más mínimo que Amancio Ortega haga más por su prójimo que casi toda la izquierda de este país. Lo que debería sorprendernos es que eso sea noticia. Feliz Domingo de Resurrección.
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