
Comienza el primero de los juicios de la trama liderada por José Luis Ábalos y Koldo García, cuando el primero era ministro de Transportes y hombre fuerte del sanchismo. Hay más acusados, claro, entre ellos Víctor de Aldama, el conseguidor que supo entender el modelo de negocio que más prospera cuando gobiernan los socialistas y actuar en consecuencia. Habrá también más vistas orales, porque la red de las corruptelas del sanchismo es suficientemente densa como para mantener ocupados durante años a varios juzgados de la Audiencia Nacional, pero lo cierto es que el inicio de este primer juicio no ha defraudado.
Los primeros testigos han comparecido y Koldo García está a punto de perder la paciencia, como ha dejado claro en un mensaje de voz enviado a la cadena de la telebasura, sin que ambas circunstancias tengan necesariamente algo que ver entre sí. Koldo, que pasaba por ser el tonto útil, el personaje zafio destinado a las tareas más sórdidas de la trama, resulta que es más inteligente que algunos de sus jefes, cuyas conversaciones tiene grabadas para poder utilizarlas cuando más le convenga judicialmente. Su WhatsApp a Telecinco es otro aviso de que lo mejor está por llegar.
También ha pasado por el juzgado Jéssica. En calidad de testigo, por supuesto. La joven dentista, que hace unos años trabajaba de azafata, tenía una relación con José Luis Ábalos, con el que adoptó un gato como prueba de la rectitud de sus intenciones. El ministro la hizo empleada pública y la dispensó de la molestia de tener que fichar todos los días, una curiosa relación laboral que a la interesada no le supuso ningún dilema ético. Si estuviéramos en Andalucía durante el pesoato estaría todo explicado, pero la bella estomatóloga es madrileña y su novio ministro, valenciano, buena prueba de que el modelo andaluz de gestión pública es el referente en el que se miran las principales franquicias regionales de La Pesoe.
Llevamos solo un día de juicio oral y un acusado, Koldo, amenaza con acabar con otro, Víctor de Aldama, que, a su vez, asegura disponer de material muy sensible para destruirlos a todos. Mientras tanto, Ábalos habla en voz baja con su abogado y solo le falta tener en las rodillas al gato de Jéssica para acariciarlo mientras los otros tratan de matarse entre ellos.
El juicio de las mascarillas vendidas con sobreprecio durante la pandemia, que es lo que se dilucida en este primer entremés de la corrupción del sanchismo, va a tener una importancia añadida, más allá de las consecuencias derivadas de la sentencia a que haya lugar. Todos saben todo de todos, pero Koldo y Ábalos se enfrentan a penas de cárcel de 20 años, un incentivo suficiente para que comiencen a desembuchar lo que saben de sus jefes, esos que les mandaban mensajes de afecto cuando estalló el caso y ahora dicen que, en realidad, lo suyo nunca fue una verdadera amistad.
