Sánchez, duro con Trump, suave con los ayatolás
Tiene tiempo para poner gansadas en TikTok y no lo tiene para una declaración personal, oficial, solemne, de rechazo hacia las ejecuciones en Irán.
La posición del Gobierno de España ante la guerra contra el régimen iraní, que acaba de declararse en pausa, no es significativa por su continua reprobación de Trump. La censura y el desprecio al presidente norteamericano son moneda corriente y peaje necesario, no elementos distintivos. Con ellos, un Gobierno solo se pone al nivel de tantas delicadas damiselas horrorizadas por el lenguaje coloquial y malsonante de un tipo de Queens. La singularidad de la posición española durante estas semanas no está en la dureza con Trump, sino en la suavidad, la blandura y la flacidez que ha mostrado hacia el régimen de los ayatolás. Incluso Ursula von der Leyen, no la más enérgica de las voces europeas, ha emitido declaraciones más críticas con los ayatolás que Sánchez. Aunque el discurso en el que dijo que no había que derramar ninguna lágrima por ese régimen brutal no les gustó nada a los socialistas.
El señor del "pero", ese ha sido Sánchez. Empezó en la Gala de los Goya, 1 de marzo, su pequeño tour para exprimir un porcentaje de voto del miedo a que nos toque o perjudique la guerra, y se abonó a la adversativa. Dijo allí a calzón quitado: "Todos rechazamos y repudiamos el régimen iraní, pero…" Todos, ya, ya, pero unos lo rechazan y repudian mucho menos que otros. Desde el principio buscó el amparo de "todos" para diluir cualquier expresión mínimamente crítica con el régimen sanguinario. En otras palabras, para mostrar que esa leve crítica no procede de él personalmente y que solo se suma a lo que dicen otros, ovejita en el redil. Y siguió escurriendo el bulto en su declaración del 4 de marzo, cuando dijo: "la pregunta no es si estamos o no a favor de los ayatolás". Pues claro que era la pregunta. No puede posicionarse sobre el conflicto sin responderla. Y no la respondió. Dijo "nadie lo está", y eludió así la toma de posición personal e intransferible.
En el intento de utilizar el 8 de marzo para exprimir el miedo a la guerra, venga, más adversativas. "Nosotros repudiamos y rechazamos, pero…." "Creemos en la libertad de las mujeres iraníes, pero…" "Alzamos la voz en 2022 (cuando las protestas de las mujeres iraníes), pero…". Ahí sigue, el hombre del "pero", porrompompero, con el alto el fuego: "una buena noticia, pero….". El Gobierno de España pone solemne el tuit, "no aplaudirá a quienes incendian el mundo porque se presenten con un cubo" (literal, errores incluidos). A Sánchez no le parece un peligro que un régimen como el iraní pueda disponer del arma nuclear. ¡Inventadas de Trump! Apuesta por la diplomacia, la que lleva décadas de tanto éxito que no ha podido impedir que Irán progresara hacia la bomba y se armara hasta los dientes. Incendian Oriente Próximo, pero nada. Exportan terrorismo, pero nada. Aquí mandaron a unos tipos a asesinar a Alejo Vidal-Quadras, pero, oye, son buena gente, hablan con educación. No como Trump.
El líder moral de Occidente, estatus que se dio a Sánchez por su imberbe "no a la guerra", ha evitado pronunciarse, todas estas semanas, sobre las ejecuciones que ha estado perpetrando el régimen iraní. Han ejecutado a detenidos en las protestas de enero, incluidos adolescentes, después de juicios sumarios sin garantía alguna. Todos los días, durante la guerra, han matado a personas inocentes, como han hecho otras dictaduras en sus momentos de mayor debilidad, y Sánchez no lo ha censurado. Tiene tiempo para poner gansadas en TikTok, y no lo tiene para una declaración personal, oficial, solemne, de rechazo hacia las ejecuciones en Irán. Una notita del Ministerio de Exteriores sirve de sucedáneo y le libra de hacer algo que no ha querido hacer. Porque Sánchez no ha querido ponerse abiertamente en contra del régimen de los ayatolás y eso es lo distintivo de la posición que ha adoptado. Y que ha adoptado España. Lo distintivo, lo imborrable y lo inmoral.
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