
Imaginen por un momento que Melania Trump, que tiene estudios de Diseño, Fotografía y Arquitectura en la facultad de Liubliana aunque no consta que los acabara, una carrera exitosa de modelo y habla seis idiomas, hubiera accedido a una cátedra en la Universidad de Yale, o Harvard o cualquier otra relevante de Estados Unidos, sin tener acreditados méritos académicos suficientes.
O fantaseen un poco con Brigitte Trogneux, ahora Brigitte Macron. Figúrense unos instantes que sin saberse bien cómo se le atribuye la dirección de una Cátedra sin tener otra cosa que el Bachillerato. Ya sabemos que fue profesora, muy cualificada por cierto, de literatura francesa y de latín y que enseñó en prestigiosos centros educativos. Pero supongan que de un día para otro emerge como pieza rectora de una cátedra en La Sorbona, en la Universidad Paris-Saclay o en el Instituto Politécnico.
O conjeturen que hace cinco años, el entonces marido de Giorgia Meloni, Andrea Giambruno, periodista, hubiera obtenido con pocas claridades la gestión de una cátedra universitaria en la Universidad Sapienza Università de Roma, o en la de Bolonia o en el Politécnico de Milán, todas ellas públicas que, como las demás, exigen un recorrido académico y pruebas muy precisas y difíciles como confirmación de su aptitud.
O que Victoria Alexander, ahora Victoria Starmer, esposa del primer ministro británico, graduada en Derecho por la Universidad de Cardiff y abogada después, primero en la esfera privada y ahora en el sector público, apareciera un día al frente de una Cátedra en la Universidad de Oxford, o la de Cambridge, o en la universidad de Cardiff, Gales, sin haber aportado cualificación adecuada para ello.
Si me refiero a estos hipotéticos casos es para mostrar cómo de deformada está la percepción y cuán sectario es el juicio de la militancia socialista española. Deberían haber sido los afiliados y votantes socialistas los que hubieran exigido el fin de una operación de ópera bufa universitaria en la que una persona, la mujer del Presidente Pedro Sánchez, sin tener siquiera un título universitario, disfrutó durante algunos años de una presencia académica que nunca habría tenido por sus propios merecimientos. Es tan extraordinario como la cátedra que dirigía.
En cualquiera de los casos anteriores, se hubiera puesto el grito en el cielo, sobre todo en el caso de Melania y Meloni, esas derechistas, claro. Ni siquiera la Francia republicana hubiera podido tragar que Brigitte fuese aupada a una cátedra universitaria sin más requisito que ser la mujer de Macron. Tampoco el Reino Unido hubiera consentido desprestigiar sus centros universitarios con una intromisión de tal envergadura para contentar a un primer ministro. Ni siquiera José Luis Rodríguez Zapatero se atrevió a impulsar a su Sonsoles a la dirección de una cátedra de Canto o similar.
Pero aquí, no. La militancia socialista, a la que se han unido todos los partidos que forman el frente monstruoso del gobierno, ha acusado desde el principio al juez Peinado de instrucción defectuosa o errática, de investigación inquisitiva o inquisitorial y de manifiesta parcialidad, a pesar de que toda ella ha estado escoltada con guardia minuciosa por el Tribunal Superior de Justicia de Madrid y el Consejo General del Poder Judicial. Pero da igual.
No recuerda, claro, que no hace mucho despotricaron contra Isabel Diaz Ayuso por haber sido distinguida como "alumna ilustre" de la Universidad Complutense, (que no es un Cátedra, oigan), la misma en la que todo un vicerrector como Juan Carlos Doadrio, declaró ante el juez que el rector Joaquín Goyache Goñi, que no ha dimitido todavía, le ordenó que crease una cátedra para Begoña Gómez, tras reunirse con ella en el mismísimo palacio de La Moncloa, residencia oficial de Pedro Sánchez.
Tampoco recuerdan cómo el cada vez más fatuo e infausto ministro y candidato a la imputación, Óscar Puente, denostó a Toni Cantó por falta de cualificación y de currículum para ser nombrado director de la Oficina del Español(2021), llegando a calificar de "chiringuito" dicha plataforma para defensa de la lengua común. Si aquello era un chiringuito, ¿qué nombre hay que ponerle a la cátedra ambicionada por la esposa del presidente, Begoña Gómez? ¿Mamandurria? ¿Pesebre? ¿Sinecura? ¿Comedero? ¿Impostura?
Sólo este hecho, que el Rector de una de las principales universidades de España, diera instrucciones (¿con aliento de quién o para quedar bien con quién), experto en veterinaria por cierto, para que se creara una cátedra para la esposa del presidente del gobierno, de trayectoria familiar inquietante, justifica la instrucción de la causa y su desenlace lógico, el auto de procesamiento. Algo así no debe volver a repetirse en España jamás por lo que es bueno que se juzgue y, en su caso, así lo espero, se condene.
Ni siquiera me refiero ahora a las cartas de recomendación cruzadas para su amigo Barrabés, ni menciono el culebrón del software que se pone a nombre de Begoña Gómez y no a nombre de la Universidad Complutense. Tampoco a los financieros de la operación ni a la ayudante de La Moncloa pagada con nuestro dinero público para uso privado de la mujer de Sánchez.
Que en España alguien, cualquiera, que carezca de formación y titulación suficiente pueda acceder a una Cátedra universitaria, nada menos que a su dirección, o sea, a la titularidad de hecho, debe ser juzgada por un Jurado Popular, y, en mi opinión, condenada, además de por sus transgresiones del Código Penal, por dar un aviso ejemplarizante a quienes se atrevan a hacer algo parecido que envilece la Universidad española y derruye los criterios de mérito y capacidad.
¿O es que sí pudo ser juzgado por el procedimiento de un jurado popular Francisco Camps, acusado de haber aceptado el regalo de unas ropas por importe de 14.000 euros y no va a serlo una señora que ha obtenido nada menos que la dirección de una Cátedra mediante unos procedimientos presuntamente delictivos? Esperemos que la Justicia ponga a cada cual en su sitio. Sí, señor Sánchez y que todos lo veamos.
