El bloqueo de Trump, ¿funcionará?
Trump se ha metido en una ratonera y ya veremos si sabe salir indemne de ella.
Por una vez, Trump ha reaccionado a un acontecimiento adverso de forma racional. Con o sin fundamento, en Washington estaban convencidos de que la tregua pactada con Irán incluía la reapertura del estrecho de Ormuz. Los iraníes, comprensiblemente, alegaron que, si abrían de nuevo el paso, perderían su mejor baza. De hecho, están convencidos de que lo que ha empujado a Trump a pedir la tregua y negociar han sido las terribles consecuencias económicas que para todo Occidente ha tenido el cierre del acceso al Golfo Pérsico. Fracasada la primera ronda de negociaciones, Trump puso en práctica una estrategia, probablemente muy estudiada desde hace años por el Pentágono como respuesta a un hipotético cierre del estrecho de Ormuz. Un castizo la resumiría con un "julepe yo, julepe Dios". Es decir, si los iraníes quieren el estrecho cerrado, que lo esté para todos, empezando por el propio Irán.
De esta manera, la total ausencia de tráfico marítimo en el Golfo perjudicará mucho más a Irán que a los aliados de Estados Unidos y a sus clientes. Será así porque las exportaciones de petróleo iraní pasan todas por el Golfo. La interrupción recortará drásticamente los ingresos del régimen e impedirá buena parte de las importaciones de gasolina (Irán no es capaz de refinar toda la que necesita), trigo y medicamentos. El conflicto se enquistaría como guerra económica y el país persa quizá tuviera entonces que enfrentarse a la necesidad de racionar alimentos, productos farmacéuticos y combustible.
En el Pentágono creen que, en una situación así, el régimen pedirá la paz y aceptará todas las condiciones que Washington quiera imponer. Sin embargo, esta estrategia ignora que las autocracias se fortalecen cuando son agredidas desde el exterior hasta el punto de que con frecuencia el conflicto exterior no acaba con ellas, sino que las ayuda a sobrevivir. El caso de la dictadura argentina con la guerra de las Malvinas es más una excepción que la norma. En Ucrania, por ejemplo, la guerra le ha servido a Vladimir Putin para apuntalar su dictadura, deshacerse impunemente de sus rivales políticos y obtener el apoyo de una parte considerable de la población que se siente, con razón o sin ella, agredida por Occidente. En Cuba, la dictadura comunista lleva casi setenta años sosteniéndose a base de culpar de las consecuencias de su infame ideología al bloqueo económico ejercido por Estados Unidos, que por otra parte nunca consiguió liberar la isla a base de estrangular su economía. Tampoco suelen funcionar las sanciones económicas, aunque estas son un arma mucho más benigna que la que está empleando ahora Washington contra Teherán. Lo que en todo caso es inequívoco es que esta, en principio, ingeniosa forma de apretarles las tuercas a los ayatolás podría producir el efecto de que la ciudadanía se una a sus líderes en la resolución de resistir, da igual que sean bombas o bloqueos, haciendo que desaparezca de las calles la oposición, por derrotista y antipatriótica. Trump se ha metido en una ratonera y ya veremos si sabe salir indemne de ella.
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