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Don Dositeo, un cura de pueblo

Conoce y padece la saña con la que atacan a la Iglesia sus enemigos, y también el pasotismo de la juventud, cada vez más amoral y menos creyente...

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Vengo a Galicia desde que me casé, a la Ría de Arosa y el Valle del Salnés. Campos verdes de maíz, viñas de Albariño y –cada vez menos– de Barrantes; bosques de eucalipto, carballo y pino; casas de granito desordenadas por doquier, adornadas de boj, camelios y hortensias azules; tiendas de aperos, furanchos donde comer barato y comprar vino, y, de vez en cuando, una araucaria, un magnolio o una gran palmera canadiense que avisan al viajero de un pazo o una antigua casa gallega que admirar por encima de los muros de piedra avejentados por el musgo. Campos de Galicia que me han llegado al alma… ¿o acaso estaban en el fondo de ella? Parafraseo la certera pregunta que se hacía Machado hablando de otros campos, porque me vale perfectamente para transmitir cuánto disfruto cuando cada verano vuelvo a Galicia, aunque sean dos semanas.

El pasado domingo de agosto, fiesta de San Roque, fuimos a misa a la iglesia de Ribadumia, a oír y saludar a don Dositeo. Don Dositeo Baliñas (aunque ni lo pretende ni lo necesita) puede presumir de tener una escultura en vida; su busto esculpido en granito en el lateral del camino de entrada a su iglesia. Se lo ofreció el Concello de Ribadumia para celebrar los 50 años de ordenación sacerdotal… ¡en 1994! Uno hace cálculos y resulta que ya lleva 76 años de servicio y siempre en Ribadumia, a la que llegó como coadjutor en 1944.

Don Dositeo anciano sigue celebrando misa. Solicitó y obtuvo dispensa para para poder celebrar sentado, y lo sigue haciendo, ahora en mezcla de español con el que aprendió la liturgia y gallego que imponen las circunstancias, y con una voz todavía sonora, animándonos a participar en los cánticos, y con una grandeza que asombra y recuerda a otro santo, al anciano San Juan Pablo II, empecinado como él, a pesar de los achaques, en seguir al pie del cañón del servicio a los demás. Don Dositeo ha estado todos estos años al servicio de sus gentes, asistiendo a los enfermos, consolando a los afligidos por el misterio de la muerte o su vida sin sentido, y también en las celebraciones trascendentes, en los momentos en que los hombres queremos estar cerca de Dios: en el bautismo de los niños, en la comunión o en la feliz celebración del matrimonio… Hasta hace muy pocos años, seguía conduciendo su Renault 4L, de Leiro a Ribadumia, de Ribadumia a Leiro, o donde se precisara su ayuda y su compañía. Ahora lo sigue haciendo con ayudantes anónimos, a quienes también tenemos que dar las gracias.

He tenido ocasión de conocerle. Mis suegros le invitaban de vez en cuando a comer o tomar café, y es admirable su formación teológica y filosófica, y lo ameno de su conversación sobre cualquier tema… Recuerdo la sorpresa que me produjo su relato sobre la situación de la Iglesia antes del Concilio Vaticano II, y la anécdota de que la gestión económica de las parroquias estaba supervisada por la nobleza y a él le tocaba rendir cuentas ¡al Duque de Alba! cuyas reuniones recordaba como si hubieran sido ayer... A pesar de haber estado siempre en Ribadumia, está al día de todo… Conoce y padece la saña con la que atacan a la Iglesia sus enemigos, y también el pasotismo de la juventud, cada vez más amoral y menos creyente, lo que imagino le desconsuela, y a todo ello trata de hacer frente con el ejemplo de su vida, su magisterio y su oración, con la que seguro que habla al Dios eterno, y que es:

Padre nuestro que estás en el Cielo…

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