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GENTES DEL LIBRO

Dashiell Hammett: La mala vida

Samuel Dashiell Hammett nació el 27 de mayo de 1894 en Saint Mary’s County, Maryland, Estados Unidos. Su padre era –y no sabemos en qué orden– granjero, mujeriego, bebedor y pendenciero. La madre era enfermera, tenía una mala salud de hierro y gustaba de frecuentar los libros.

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Samuel Dashiell jamás sintió atracción por las granjas ni por los hospitales –aunque los pisó, ¡vaya que sí!–, pero se quedó con todo lo demás: con la mala salud y la afición por la lectura de mamá y con el carácter bronco y calavérico de papá. Y, también aquí fiel hijo de su padre, se bebió lo que no está en los escritos.

Pronto, con trece o catorce años, abandonó los estudios en el Instituto Politécnico de Baltimore por ver de intentar ganar algún dinero, que en casa escaseaba. El caso es que no lo intentaba demasiado, aunque se movía mucho, como el niño del chiste al que todos tienen por un par de hermanos gemelos: se las apañaba para hacerse con "trabajillos de medio pelo que le duraban cuatro días por su escasa predisposición a cualquier desgaste energético" (Antonio Lozano, 'Un sabueso débil', Qué Leer, septiembre de 2001).

Un anuncio que leyó en la prensa en 1915 le cambió la vida: la Agencia Nacional de Detectives Pinkerton buscaba (a)gente(s). Y Samuel Dashiell entró en plantilla. "A pesar de que por su altura y esbeltez no era especialmente idóneo para pasar desapercibido, era un profesional muy valorado en el seguimiento de sospechosos", escribe Lozano. En ello anduvo hasta que, en 1918, atendió el llamado del Tío Sam y se alistó en la Armada para combatir en la Gran Guerra.

Combatir, lo que se dice combatir, combatió contra la tuberculosis, por cuya causa hubo de abandonar la vida militar sin que le diera tiempo a cumplir un año de servicio. Otra vez llamó a las puertas de la Pinkerton en 1921, y otra vez la tuberculosis se le metió en los adentros y le dejó fuera de combate en menos de un año. En la convalecencia le dio por escribir, y en ese tiempo conoció a Josephine Dolan –enfermera, como mamá Hammett–, con quien contrajo matrimonio y tuvo dos hijos.

Comienza la etapa del Samuel Dashiell escritor. Se valió de sus venturas y desventuras en la legendaria Agencia Pinkerton para sentar cátedra en el género policiaco. En sus páginas no hay discípulos de Sherlock Holmes, campeón de los sabuesos que se salen con la suya tirando del hilo del método deductivo, ni de otros barandas del gremio que más parecen filósofos que detectives y suelen moverse en ambientes bien elegantes y fastuosos; no, "el héroe hammetiano es un currante que ha de patearse las calles y gastar toneladas de saliva para salirse con la suya" (Lozano, de nuevo), habla el lenguaje de los hampones porque es también el suyo, juega sucio cuando las cosas se ponen feas y anda siempre en tratos con el cinismo. "Hammett pudo no haber sido el primero que escribió sobre este tipo duro de detective privado", hemos leído en alguna parte, pero fue él quien sentó cátedra entre quienes cultivaban el estilo hardboiled, duro de huevos.

Humphrey Bogart y Peter Lorre en un fotograma de la célebre adaptación de 'El halcón maltés'En los felices y turbulentos años 20 se vendían como churros las revistas pulp, que venían repletas de harboiled stories y que recibieron los trabajos de Hammett con los brazos abiertos. Vivía de ellas y de lo que le publicaban revistas más serias, como Forum o The Smart Set. Pero a nuestro hombre el dinero no le llegaba, así que en 1925 publicó un anuncio en el San Francisco Chronicle para trabajar en lo que fuera menester; un joyero le echó el ojo, se puso en contacto con Hammett y éste acabó redactando anuncios para el catálogo de su joyería.

Llevábamos un tiempo sin sacar a pasear la tuberculosis: volvió a patearle aplicadamente los pulmones, y tuvo que dejar de vivir con los suyos para que no contrajesen la enfermedad.

Estamos ya en la década de los 30, que nos trae el ascenso de Samuel Dashiell a la cima de la popularidad y el reconocimiento y su descenso a las simas de la autodestrucción. Su primer best seller fue Cosecha roja, que le publicó Alfred A. Knopf en 1929; del mismo año es La maldición de los Dain. Propiamente de los thirties son El halcón maltés (1930), su novela más famosa, La llave de cristal (1934) y El hombre delgado (1934).

Con una mezcla explosiva de palabras podríamos resumir lo que le quedaba de vida (pero si tienen ganas y un ratito lean la semblanza que hace del personaje Paul Johnson en su antológico Intelectuales): Hollywood, alcoholismo, abandono familiar, holgazanería galopante, pufos, Lillian Hellman, Segunda Guerra Mundial, Comité de Actividades Antiamericanas, síndrome Bartleby; y, finalmente, cáncer. De pulmón.

Samuel Dashiell Hammett murió el 10 de enero de 1961, en el apartamento neoyorquino de la Hellman, sin un duro y con el convencimiento de que sus obras se pudrirían al tiempo que sus huesos.

Pero ahí siguen las mejores, setenta años más tarde, capeando con soltura el temporal.

GENTES DEL LIBRO: George Orwell – Fiódor Dostoievski Miguel Mihura.
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