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EL VALOR ESTÁ EN LA MADUREZ

De lo mal que está la juventud

Por todas partes leo artículos llenos de desazón, y desazonantes, acerca de la juventud. En ellos se suele sostener que los jóvenes se han echado a perder, que ya no son el motor del progreso, ya no son la vanguardia, la locomotora de los cambios sociales. Y que la juventud, en consecuencia, ha dejado de ser un valor. ¿Cuándo y para quiénes ha sido la juventud como tal un valor? Cada vez que oigo o leo la palabra juventud, y me pasa desde joven, pienso en Mussolini y en el himno fascista, Giovinezza.

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A los que anhelan un retorno a los buenos viejos tiempos en que la juventud era un valor, hay que recordarles que sólo lo fue para el Romanticismo radical y para sus ramas más podridas: el nazismo, el fascismo italiano, el peronismo y otros movimientos nacionalistas y populistas. La gran figura del Romanticismo suicida de finales del XVIII y principios del XIX, Goethe, no es la misma persona cuando escribe Werther, en 1774, a los veinticinco años, que cuando publica Las afinidades electivas, en 1809, a los sesenta. Ya con un cuarto de siglo era lo bastante maduro como para no confundir su obra con su vida: los que se suicidaban por amor imposible eran sus lectores apasionados, no él. Y en la vejez distaba mucho del tremebundo personaje de su escritura temprana. La verdad es que Werther ha sido un libro influyente, pero Las afinidades electivas es un libro definitivo, un clásico de la literatura y de la psicología.

La juventud no puede ser un valor, ni siquiera teniendo en cuenta su potencial revolucionario y su acusado sentido de la injusticia, porque no es un producto del hacerse del ser humano. Es un dato biológico, nada más, conveniente para la sana perpetuación de la especie, para la adquisición de conocimientos y, en raras y felices ocasiones, para la genialidad. Es cierto que Rimbaud terminó su vida artística a los veinte años y después se dedicó al tráfico de esclavos, y que Mozart murió a los treinta y cinco, pero se trata de casos en que la precocidad y la fugacidad se combinaron para contribuir a una falsa impresión. Albert Einstein publicó la teoría de la relatividad especial, que por sí misma cambiaba el mundo de la física, a los veintiséis, y la de la relatividad general a los treinta y siete. Entre una y otra, experimentó, calculó, discutió, maduró, llegó a ser Einstein. Su vida no es un triunfo de la juventud, sino de la madurez, del proceso, de la mesura.

Winston ChurchillWinston Churchill tenía sesenta y cinco años cuando Hitler desencadenó la Segunda Guerra Mundial, y había participado en la anglo-boer, en la de Cuba como corresponsal, y en la Gran Guerra. Mussolini llegó al poder en 1922, con treinta y nueve, y había llegado a los cincuenta y seis al comenzar la guerra. Roosevelt tenía un año más que Mussolini.

No hace mucho tiempo, en una entrevista televisada, Antonio Banderas declaró que lo que él más deseaba era "seguir siendo niño". Me pareció coherente con una moda que ha llevado a los hombres a vestirse con pantalones cortos, camiseta, zapatillas o sandalias, y mochila o bolso, como para ir a la escuela. La tragedia no consiste, pues, en que se haya perdido la juventud como valor, sino en que se haya normalizado la infancia como way of life. La juventud ya no es un valor, y la infancia es el lugar utópico: mal se va cuando la utopía se sitúa en el pasado y no en el futuro.

Un hombre que, pese a todos sus esfuerzos, nunca consiguió un acuerdo con los comunistas ni con los fascistas, Paul Nizan, muerto a los treinta y cinco años, en 1940, inicia su memorable Adén Arabia diciendo: "Yo tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida." Decía una verdad incontestable. La juventud, aunque no se sea Werther, es una tragedia: ambiciones insatisfechas, deseos que tal vez sean pecaminosos, inseguridad, desconocimiento de sí. Un puro e inútil sufrimiento, que sólo pasa con el tiempo.

Si hay un valor en las etapas de la vida, corresponde a la madurez, a esa edad en que ya se es lo bastante sabio como para resolver los propios problemas y, en el mejor de los casos, alguno ajeno, y aún no ha llegado el olvido. Olvido del deseo, del lenguaje, de los amores, de todo lo aprendido. Es un momento efímero, de entre diez y veinte años, salvo contadas excepciones. Después regresa la aterradora infancia y la aún más desgraciada e indefensa primera infancia, en la que nada se sabe, en la que no somos capaces de reconocer nuestras necesidades, ni expresarlas más allá del llanto, en la que se pierden o se desordenan los nombres, y asoma la memoria pulsional del pasado remoto por encima de todo lo que hemos sido capaces de construir desde la razón. Se acaba el control de los esfínteres y la voluntad de alimentarse. Peor que al principio, como si la existencia no hubiese tenido lugar.

Kelifinder, la campaña de la ministra de ViviendaNo es la juventud la que ha perdido terreno, sino la madurez. Los hijos pasan treinta años en la casa de los padres porque no tienen empleos que les permitan tener vivienda propia. La madurez se adquiere en el ejercicio de la independencia, de la autonomía, del lugar propio, pero eso es inalcanzable. Hace treinta años, era posible plantearse la compra de una vivienda; más aún: era sensato y lógico. Hoy no es ni sensato ni lógico; más aún: es imposible, con trabajos basura y sueldos por debajo de los 600 euros. Y mantener la moral cuando la ministra del ramo se burla de uno regalándole zapatillas, no es fácil. (Que nadie se confunda: no reclamo una solución por el Estado, y el Ministerio de la Vivienda me parece una excusa para generar empleo clientelar y encarecer el suelo; por el contrario, creo que sería de agradecer que esa gente se fuera a su casa y dejara de perturbar el mercado y de reírse de nosotros.) El gran momento natural del enamoramiento y la reproducción pasa sin realizarse. Los hijos se tienen tarde, cuando se tienen.

El otro factor que decide la madurez, amén de la autonomía, es la socialización. Y la socialización falla por la base. La educación es cada vez más precaria y la renuncia al mérito como fundamento de la promoción ha acabado con las últimas posibilidades de crear hombres competitivos; más aún, la competitividad es considerada un mal. Ni la escuela ni la universidad preparan a las personas para una vida de trabajo, ni el trabajo es percibido como un bien. Por otra parte, los organizadores sociales de toda la vida, fuera de las instituciones académicas, es decir, los partidos políticos y la Iglesia, no cumplen hoy la misma función que antaño.

Los partidos políticos son simples maquinarias electorales, en las que la militancia sólo tiene sentido para quien se propone hacer una carrera en ese terreno. Incluso el PP, que tiene una inusitada cantidad de afiliados (alrededor de 600.000), funciona habitualmente como si no los tuviera, en vez de desarrollar una labor pedagógica y organizativa que redundaría en beneficio de todos. Las izquierdas tienen votantes, pero el número de sus militantes es proporcionalmente reducido.

La Iglesia católica, el mayor organizador social de la historia española, que en la transición, mucho antes de 1975, desempeñó un papel importantísimo al servicio de los sindicatos y del antifranquismo, sigue siendo vinculada en la fantasía popular, ayudada por el agit-prop de la prensa progre, con el régimen del Caudillo. Ya la parroquia no reúne ni vincula a los miembros de una sociedad altamente secularizada. La cantidad de jóvenes que reunió en su día Juan Pablo II era muy crecida, pero hay que pensar que todos los jóvenes católicos del país estaban allí.

El gobierno no quiere dejar de controlar los contenidos de la 'educación'Éste sería el momento de empezar a crear instituciones de enseñanza realmente libres, algo muy difícil en España, tanto por el intervencionismo estatal en la educación, que reduce a un mínimo las posibilidades de enseñar en un sentido distinto (salvo cuando del islam se trata), y de elaborar currículos que difieran de los de las universidades ya existentes, públicas o privadas, como por la desconfianza que suscitan en la población las primeras experiencias, que haría muy difícil salvar las inversiones iniciales. El PSOE se ha encargado, en tres décadas de propaganda, de identificar la enseñanza privada con la educación católica o de élite, desconociendo por una parte el valioso y en general desinteresado trabajo de la Iglesia en la educación concertada, y ocultando, por otra, las ventajas de las instituciones alternativas. El gobierno quiere controlar los contenidos. Lo ha hecho desde 1982 y lo hace de modo cada vez más radical, junto a sus socios nacionalistas, y eso ha sido y es desgraciado para la juventud, que será educada para la ciudadanía por auténticos enemigos jurados de la condición ciudadana, de los derechos individuales y de la libertad en general.

También ellos, después, con gran cinismo, ante la evidencia del desastre, derraman lágrimas a propósito de lo mal que está la juventud y crean servicios para aliviar los males de los que son culpables y, de paso, colocar a algunos clientes. El PP no se planteó las necesarias reformas del sistema hasta el final de la segunda legislatura, y en marzo de 2004 descubrió que ya era demasiado tarde para casi todo. En cualquier caso, dudo mucho que, de haberse encontrado consolidada la Ley de Calidad, el PSOE hubiera renunciado a restaurar la LOGSE.

El problema, pues, no es la juventud, sino la sociedad en la que vive. La falta de valores no le pertenece: ha encontrado las cosas así. Tal vez debiéramos empezar a crecer, todos, a hacernos cargo de nuestras responsabilidades, a intervenir en sociedad, si no en política. Antes de que nuestros hijos se conviertan al islam.

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