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COMER BIEN

...Y llámame tonto

Dicen los especialistas en nutrición que la gente come cada vez menos pan; será, como suele pasar con este tipo de estadísticas, en los países anglosajones, porque lo que es por estas latitudes hispánicas no parece que sea así: pocos pueblos se toman tan al pie de la letra lo de "el pan nuestro de cada día".

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Es evidente –afortunadamente– que en la cocina tradicional española abundan los platos que llevan una salsa de ésas de "toma pan y moja", de las que hacen que uno dé la razón a Julio Camba cuando, en La casa de Lúculo, recomienda: "no deje usted de sopear, por un falso concepto de la corrección; lo verdaderamente incorrecto es devolver a la cocina, sin haberla probado, una de esas salsas que honran a una casa".

Pero parece que el españolito es capaz de sopear incluso lo insopeable. Una paella, por ejemplo. El arroz y el pan no se llevan nada bien; bien mirado, arroz y pan son albarda sobre albarda, son cereales en ambos casos. Pues como si no: la gente pide pan con su plato de paella, o de cualquier otro arroz, se supone que no para sopear –la paella es un arroz seco– sino para aquello que nos decían nuestras abuelas: "toma un poco de pan para empujar".

Hombre, si se trata de arroz blanco que acompaña a unos huevos fritos o a unos calamares en su tinta la cosa es radicalmente distinta; pero el pan no se usa para 'empujar' el arroz, sino para mojarlo en esas delicias que son la yema de un huevo frito como mandan los cánones o en la salsa negra de los calamares.

La gente pide pan hasta con unos espaguetis, y esto ya es más grave, porque ya no es que se trate de dos cereales, sino del mismo: trigo. Aquí habría que recordar lo de "pan con pan, comida de tontos", que es lo que le decían a uno cuando pedía pan para acompañar unos farinatos, que son un delicioso embutido típico de la salmantina Ciudad Rodrigo y en cuya composición entra la miga de pan.

El sushi se toma sin panRizamos el rizo, incluso, al pedir pan en un restaurante chino, o japonés, culturas y cocinas que pasan olímpicamente del pan; da igual: ustedes verán cómo el paterfamilias que acude al chino de la esquina sintiéndose poco menos que Marco Polo acaba pidiendo –y si él no, alguien de la tribu lo hará– un poco de pan. Ah, y por supuesto cubiertos occidentales: tiene pánico a los palillos, sin darse cuenta de que una cosa –comer con palillos– que hacen dos o más veces al día casi dos mil millones de personas no puede ser nada complicado, como efectivamente no lo es.

Eso sí, hay casos en los que el pan es indispensable. No hace mucho, una amiga que fue a celebrar con su flamante marido algo al restaurante de uno de los chefs más mediáticos de este país me comentaba que de todo lo comido sólo recordaba los ¡ocho! panecillos ingeridos en las larguísimas esperas entre platito y platito. No me extrañó: yo lo vi hacer, aunque no en ese restaurante, sino en otro no menos mediático.

Pero de ahí a pedir pan para acompañar un arroz, una pasta, un sushi o unos rollitos de primavera... A veces uno piensa que la tan –teóricamente– cruel condena 'a pan y agua' es insoportable para el español sólo por la ausencia de vino: "con pan y vino se anda el camino", dice el refranero. Andelo el refranero así, si así le gustare, que un buen gastrónomo no lo seguirá.

Pero... "dame pan y llámame tonto", decimos también. Normal: éste es un país de magníficos panes, donde nunca se tiraba: con el pan pasado los españoles hemos inventado cosas como las torrijas, las migas, los gazpachos, las sopas de ajo... Somos paneros, qué le vamos a hacer. Aún hay quien dice eso de "contigo, pan y cebolla".

Panem et circenses, pedían –y obtenían– los ciudadanos romanos en tiempos del Imperio. Quizá la afición desmedida del español al pan venga de tan lejos, pero, venga de donde venga, es incuestionable. Ya nadie dice lo de que el pan engorda; al contrario, cuando en la tele salen anuncios que proclaman las excelencias de una dieta –o de una determinada marca de agua mineral– se ilustran con un sandwich de lechuga, para mí la perfecta encarnación de la antigula.

Y conste que me gusta el pan, me gustan casi todos los tipos de pan españoles; pero, bien mirado, creo que me costaría muchísimo someterme a una dieta de pan y agua... y no sólo por la naturaleza del líquido. Es que, ya lo hemos dicho, lo de "pan con pan"... es muy fuerte.

© EFE
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