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Extravagancias sobre el independentismo catalán

Jamás se ha visto un movimiento secesionista en el que haya sido tan notoria la ausencia de figuras intelectuales o simplemente cultas.

Amando de Miguel
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Carles Puigdemont y Oriol Junqueras | EFE

Pocas veces se habrá visto una lucha por la independencia de un país tan confusa, tan poco gallarda, como la que han llevado a cabo los rebeldes catalanistas. No se comprende que un movimiento independentista como el catalán se haya apoyado en figuras tan poco atractivas en lo físico, intelectual y moral. Habrá que recordar la vieja máxima fisiognómica de la cara como espejo del alma, y más en esta época de la imagen y de los medios informativos subvencionados.

No hay forma de entender por qué el Gobierno de España cesa y no destituye a algunos mandamases que han capitaneado la rebelión. No son verbos intercambiables. En otros tiempos el Rey los hubiera decapitado (caso de ser nobles) o ahorcado (en el resto de los supuestos). Nunca han sido mejor tratados los sediciosos como en este caso de los levantiscos republicanos catalanistas.

Jamás se ha visto un movimiento secesionista en el que haya sido tan notoria la ausencia de figuras intelectuales o simplemente cultas. Añora uno a los Cambó o los Prat de la Riva. Como contraste con ese pasado, resulta suicida que los independentistas actuales se hayan apoyado en grupos antisistema, el anarquismo hodierno.

Ya es extraño que el secesionismo catalán se haya basado más en el odio a una falsa España que en el amor a una verdadera Cataluña. Resulta inexplicable que la actual dirigencia del separatismo catalán no haya sacado a relucir la figura patriarcal de Jordi Pujol, padre, quien fuera una vez Español del Año.

Resulta sospechoso el hecho de que, ante el anuncio de la independencia de Cataluña, muchas grandes empresas allí radicadas se hayan largado a otras ciudades españolas.Si la Cataluña independiente fuera a ser una especie de paraíso económico, lo lógico habría sido el movimiento contrario.

Llama la atención que la aventura secesionista haya carecido del más elemental seny. Contra el esperado sentido común se ha alzado la vulgar estupidez. Ha sido un monumento a la incongruencia la solicitud de los rebeldes por amueblar embajadas en otros países. Más les habría valido concentrar los esfuerzos en una buena representación diplomática en Madrid.

La declaración de la República Catalana ha sido vergonzante, le ha faltado la mínima grandeza de una solemnidad histórica. Contra lo esperado, no hemos podido ver la escena del balcón del Palacio de la Generalidad. Nada menos que se ha proclamado a través de una votación secreta. Aunque, si bien se mira el vídeo, las papeletas las iba desdoblando la funcionaria que luego las introducía en la urna. Luego ella sí sabe quiénes eran los réprobos que escribieron "no". El presidente del Gobierno catalán ni siquiera se dignó pronunciar unas palabras en esa sesión indigna. Todo fue confusión, tratos de picapleitos, cazurrería de pueblo. Más parecía la infausta sesión del Parlamento catalán una asamblea de la fácul.

En síntesis. No sé qué contarán los futuros libros de Historia sobre el acontecimiento, pero los contemporáneos nos hemos visto obligados a asistir a un espectáculo deplorable, falto de gracia y de finura.

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