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Amando de Miguel

La hipocondría colectiva

Con todos los respetos por la tragedia de la actual pandemia del virus chino, lo que se ha desatado es una especie de hipocondría colectiva, que no sé a dónde nos va a llevar.

Amando de Miguel
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Lo de la hipocondría es un cultismo clásico para indicar la preocupación obsesiva por alguna dolencia. Con todos los respetos por la tragedia de la actual pandemia del virus chino, lo que se ha desatado es una especie de hipocondría colectiva, que no sé a dónde nos va a llevar. Pasará la pandemia, pero la sociedad no volverá a ser como antes. Para empezar, no nos han dejado velar y honrar a los fallecidos.

Convendría detenerse en una pequeña cuestión terminológica. En inglés hay una sola palabra, health, que en castellano se traduce por dos: salud y sanidad. Así, la OMS tendría que ser Organización Mundial de la Sanidad (y no de la Salud). La salud es una cuestión individual, del cuerpo y de la mente del sujeto. La sanidad es el conjunto de medios disponibles (públicos o privados) con el fin de que cada uno pueda mejorar su salud, sobre todo prevenir las enfermedades y curarlas. Desde luego, se ha venido abajo el mito de que en España disponemos de la mejor sanidad del mundo. La expectativa de vida de los viejos españoles era una de las más altas del mundo, pero mis coetáneos han quedado diezmados por el ángel exterminador que vino de China. Yo, de momento, sobrevivo, gracias a Dios.

El símbolo que nos ha dejado la pandemia del virus chino es la mascarilla (rima con tortilla, con pandilla y con Illa). Nunca entenderé por qué la industria española no fue capaz de producir en un mes (el de marzo) los muchos millones de mascarillas que se necesitaban para prevenir la infección del virus chino. Es más, España debería haber exportado otros tantos millones de tales artefactos durante los últimos meses. No lo ha hecho, y encima los hemos importado con una escandalosa gestión del Gobierno (el mando único de la lucha contra la epidemia) y además con corrupción (presuntas mordidas). También es curioso que las importaciones se hayan hecho fundamentalmente de China, al final la ganadora de la nueva situación.

Lo malo del hábito de la mascarilla generalizada es lo fácil que resulta transformarla simbólicamente en mordaza o en bozal. Es decir, se nos mete el miedo en el cuerpo para que nos abstengamos de criticar al Gobierno. Por ejemplo, debemos desterrar cualquier bulo (ahora dicen fake), pero no si emana de la campaña sistemática de propaganda del Gobierno. A veces es muy sutil. Por ejemplo, se insiste oficialmente en el número de contagios o de fallecidos, pero casi siempre en términos absolutos, no per cápita, como debe ser. El sesgo se repica en muchos medios informativos. De esa forma se oculta que en España se ha batido el récord mundial de incidencia de la pandemia en términos per cápita. Solo por eso el Gobierno debería haber dimitido en bloque, junto con su plantel de científicos o expertos. Por lo menos, así se habrían librado unos y otros de las responsabilidades jurídicas que les pudieran caer.

La doctrina del confinamiento regulado de la población (la interminable cuarentena) ha llevado a un despliegue inaudito de arbitrismos. Un solo caso: en la playa de Barcelona se permite el baño, siempre que sea individual, pero no tomar el sol sobre la arena. Será difícil acostumbrarse a no tocar objetos que hayan podido manipular o rozar otras personas. Las normas de distancia física (que no sé por qué se llaman de "distanciamiento social") en la interacción cotidiana nos van a llevar a insufribles colas en todo tipo de establecimientos. Habrá que pedir cita para poder comprar el pan. Nos va a parecer que volvemos a los años 40, que yo conocí de niño. Las nuevas normas se van a centrar en la noción de tabú, de misteriosas prohibiciones genéricas. En el fondo son un buen pretexto para que el Gobierno se aficione a controlar a los contribuyentes de mil maneras. La más hipócrita es considerar que somos "ciudadanos y ciudadanas".

La hipocondría colectiva que digo nos lleva a que en los asuntos públicos ya no se habla de otra cosa que del dichoso virus chino. Nunca estaremos seguros los sobrevivientes de que nos hemos curado del todo o hemos mantenido a raya al minúsculo enemigo. Nadie nos asegura que no vayamos a infectarnos con el próximo rebrote de la proteína fatal. A ver quién se embarca en un crucero o se apunta otra vez a los viajes del Inserso o como se llame. Qué familia será tan cruel que envíe a la abuela a una residencia de las llamadas ‘de la tercera edad’; son las que están a la cuarta pregunta. No será cómodo que utilicemos la habitación de un hotel, aunque la tengan como los chorros del oro. Nadie ha calculado el dineral que está costando y va a costar el mantenimiento de las nuevas medidas de higiene y de prevención de posibles contagios.

Claro que la peor forma de hipocondría es que nadie está seguro de si va a poder encontrar un buen acomodo en el mercado de trabajo o de estudio. Esa es la verdadera enfermedad que perdurará. Nos engañan cuando dicen que va a generalizarse con toda tranquilidad el teletrabajo o la teleenseñanza. Ese sí que es un magnífico bulo.

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