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La inmigración, el problema insoluble

En unos lustros España será otra, aunque solo sea por la masiva presencia de los inmigrantes asiáticos y africanos, fundamentalmente musulmanes.

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Atlas

No hace falta recurrir a la voz migrante. Son los que se trasladan de un país a otro, huyendo de la miseria económica o política de su tierra natal; o bien les mueve la esperanza de encontrar un mejor acomodo en el lugar de destino. Desde el lugar de salida, pasan por emigrantes; desde el de entrada aparecen como inmigrantes. El de migrantes es un término ocioso, que ahora se ha puesto de moda. Puede que se recurra a él por la tontería de que los otros términos pueden resultar ofensivos. Pero no tienen por qué.

Vamos a cuentas. España fue casi siempre un país de emigrantes. Por ejemplo, hace un siglo los indianos que intentaban hacer fortuna al otro loado del charco (el Atlántico). O bien, hace una generación, los que trataron de prosperar en Alemania o en otros países centrales de Europa.

Mas, a fines del siglo XX, España se transformó de repente en un país de fuerte atractivo para los inmigrantes. Procedían más bien de Hispanoamérica, de la Europa del Este y en menor medida de algunos países asiáticos o africanos. En los últimos años esa última procedencia se convierte en masiva, hasta extremos de una verdadera invasión pacífica. El suceso no es nuevo. Ciertas calamidades históricas, como la caída del Imperio Romano o la invasión árabe de Hispania, no fueron tanto incidentes bélicos como una previa, lenta y continua inmigración de extranjeros (bárbaros, musulmanes). La acumulación cuantitativa lleva a un cambio cualitativo. En unos lustros España será otra, aunque solo sea por la masiva presencia de los inmigrantes asiáticos y africanos, fundamentalmente musulmanes.

No se sabe cómo detener la actual oleada de inmigrantes y refugiados que proceden sobre todo de ciertos países asiáticos o africanos. La tradición racionalista de Occidente nos ha llevado a la idea de que todos los problemas sociales tienen que tener una solución. Pero, así como hay problemas matemáticos insolubles o con soluciones indeterminadas, también este de la inmigración masiva de asiáticos y africanos no permite ninguna salida viable.

El actual Gobierno de izquierdas pretende una astuta maniobra: conceder el derecho de votar a los inmigrantes legales o ilegales, de momento en las elecciones municipales. De esa forma la conjunción del PSOE y Podemos se reafirmará en el poder a escala nacional. Se trata de una maniobra sumamente ingenua, puesto que una gran parte de los inmigrantes acabará formando un partido islámico.

La posición del Gobierno parece bastante ambigua. Por un lado dice favorecer la entrada masiva de inmigrantes. Pero por otro se acoge a la política de regalar dinero público (español o europeo) a los mandamases de los países del Magreb para que contengan la riada de emigrantes. En realidad, lo que sucede es que las mafias siguen fomentando la masiva invasión de embarcaciones atestadas de emigrantes que quieren entrar en España y en otros países europeos. Volvemos a los tiempos de Witiza. ¡Qué tozuda es la Historia!

En nuestro país no se ha producido todavía el fenómeno de xenofobia que se da en otros de la Unión Europea, pero no tardará en aparecer. Solo hay que resaltar una estadística invisible: en una parte desproporcionada de los casos de uxoricidio (oficialmente "violencia doméstica") los asesinos son inmigrantes. Es algo que oficialmente no se reconoce.

Más significativo es un hecho demográfico. Los españoles nativos mantienen unas tasas de fecundidad bajísimas. Los inmigrantes suelen tener más hijos. Empezamos a ver que el alumnado de las escuelas infantiles se compone en gran medida de vástagos de la inmigración. Cabe la salida de que se generalice el mestizaje entre los indígenas y los inmigrantes, pero, aun así, el proceso será lento y no sin tensiones.

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