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La miseria de los 'países catalanes'

En la Comunidad Valenciana tratan de seguir con retraso la misma pauta de la inmersión lingüística de Cataluña.

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Lo de los países catalanes parecía un despropósito, una finura dialéctica de algunos letraheridos catalanes, pero va en serio, por lo menos en el terreno (ahora dicen "ámbito") lingüístico. En Cataluña ya tenemos activa una generación (30 años) que se ha educado fundamentalmente en catalán. La lengua castellana se la enseñaron como una lengua extranjera. Bien es verdad que la fuerza del castellano resulta arrolladora por razones que nada tienen que ver con la política en España. Ahora parece que hay una nueva iniciativa para volver a poner el castellano como lengua vehicular en la enseñanza obligatoria de Cataluña. Pero ya es tarde. ¿De dónde van a sacar de golpe los miles de profesores de literatura española que se necesitan?

En la Comunidad Valenciana tratan de seguir con retraso la misma pauta de la inmersión lingüística de Cataluña. Se agradecería que al menos no la llamara inmersión, que suena a ahogamiento. En la práctica lo que quiere decir esta operación es que Cataluña trata de extender su influencia política sobre la Comunidad Valenciana. Cuando se consiga el desplazamiento del castellano de esa región (que "ofrendó sus glorias a España"), no sé qué harán con la memoria de Vicente Blasco Ibáñez, Gabriel Miró, Azorín o Miguel Hernández. Supongo que no tratarán de convencer a los escolares de que tales maestros del idioma común escribieron en castellano porque se les prohibió hacerlo en valenciano. En Baleares se sigue la misma pauta de política lingüística que en la Comunidad Valenciana. El fenómeno es una muestra del irredentismo (ambición de nuevas tierras), que caracteriza a muchos nacionalismos.

El intento de arrinconar el castellano de la vida pública de los llamados "países catalanes" es una insigne tontería; solo que va a suponer un atraso notable en la expansión cultural de esos territorios. Desde luego, Barcelona ha dejado de ser la capital del mundo editorial en el mundo hispánico. La tal industria abarca hoy el abanico completo de los medios audiovisuales, que ahora se instalan en Madrid como capital cultural de España.

No creo que haya mucha gente en la Comunidad Valenciana o en la de Baleares que se sienta feliz con la sensación de ser un apéndice de Cataluña, aunque solo sea en el aspecto del idioma. Con lo sencillo que es imaginar el supuesto de un territorio con dos idiomas o varios de ellos, incluidos variantes dialectales y diversos acentos. Esta es la situación de una buena parte de los países europeos. Pero en ninguno se llega a la aberración de que los escolares no puedan estudiar en la lengua común de la nación. Aunque pueda parecer estrafalario, ese es el caso de la enseñanza en Cataluña, y ahora va camino de ser en Valencia y Baleares. Con su pan (con tomate) se lo coman. El resto de los españoles poco podemos hacer ante tanta tropelía cultural, ante tanta inepcia política. "No se puede hacer querer no queriendo querer", decían los escolásticos.

Comprendo la tentación nacionalista de constituir una especie de nueva nación con los territorios que se entienden en catalán. Pero la lengua no lo es todo. Menorca no terminó siendo una perla de la diadema del Imperio Británico, ni las Baleares actuales pueden pretender constituirse como un nuevo espacio del pangermanismo. La lengua solo puede ejercer un verdadero peso político si ve acompañada de la Historia. Me refiero a la Historia enteriza, la que se mide con siglos, no con años.

¿Y si dejáramos las cosas como están? "Los experimentos con gaseosa, mozo", que dijera un exquisito cultivador del catalán y del castellano como Eugenio d’Ors.

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