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Amando de Miguel

La verdadera lucha contra el cambio climático

Tal como la presentan, la famosa “lucha contra el cambio climático” es una gran falacia, muy parecida a otras muchas publicitadas 'luchas'.

Amando de Miguel
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Tal como la presentan, la famosa "lucha contra el cambio climático" es una gran falacia, muy parecida a otras muchas publicitadas luchas. Me referiré a lo que afecta a este pequeño rincón de la madre Tierra, que es la controvertida España.

El "cambio climático" o la "emergencia climática" se refiere básicamente a que el Planeta se está calentando y a que el ambiente se nos hace hediondo. Las propuestas de solución son bien sencillas. Afectan a nuestros hábitos cotidianos y a ciertas decisiones públicas que sería conveniente acometer. Enumero algunas a vuelatecla, solo como estímulos para pensar. Naturalmente, admitirían muchos más matices y previsiones.

La primera y principal medida consistiría en suprimir las llamadas Cumbres sobre el Clima. Son un gastadero, una pura retórica, una forma de vivir que alimenta a nuestras oligarquías, en este caso con ribetes científicos. Se han celebrado 25 cumbres universales contra el cambio climático y no se han registrado grandes victorias. El único progreso ha sido el de la creciente floresta del léxico. Ahora tenemos la "transición ecológica", la "neutralidad climática", la "agenda ecologista" o el "punto verde". Pura palabrería. Pues bien, a pesar de todo, las cumbres irán a más.

En un país como España, con un clima tan irregular de lluvias y más bien seco, sería muy necesario aumentar las láminas de agua embalsada. Supondrían un gran beneficio para el campo, la producción de energía eléctrica más limpia, los trasvases de cuencas, la prevención de inundaciones, entre otros muchos logros. Mi impresión es que tales obras no se van a acometer. Lo más probable es que se interpretaran como un resto fascista.

No estaría de más que se suprimieran los vuelos comerciales dentro de la Península; son los que derrochan más combustible y contaminan más. Pero las autoridades no se atreverán con una medida tan racional; hay demasiados intereses en juego.

Se podría considerar la supresión del aire acondicionado, con alguna excepción como la de los hospitales, por ejemplo. La humanidad ha subsistido durante muchos miles de años sin ese derroche de energía. Es inútil, no me harán caso.

La medida más radical y necesaria para proteger el medio ambiente sería la eliminación de los envases y bolsas de plástico. O mejor, habría que aumentar la producción de envases de materiales reciclables (cartón, tela de algodón, madera, corcho, vidrio, etc.). Aunque algo se ha avanzado en esta dirección, el Gobierno no se atreverá a llevar adelante una propuesta tan benéfica para casi todos.

Tampoco estaría mal que se proscribiera el uso de los lavaplatos domésticos, la limitación de los cruceros turísticos e incluso el uso del coche eléctrico. A la larga, los coches eléctricos contaminan más que los de los carburantes tradicionales. De momento, casi toda la electricidad procede de la quema de carbón, petróleo o gas. De momento, las llamadas "energías limpias" son más caras. A pesar de todo, nadie está por la labor de unas medidas tan austeras. El valor del hedonismo es el que impera en nuestra sociedad. Habrá que pagar un alto precio por tal capricho.

No se vea solo el aspecto de prohibición de las medidas que propongo; son de sentido común. Una medida muy estimulante sería la de que todos los españoles hábiles participaran en una suerte de servicio social para plantar cada uno media docena de árboles al año. Por desgracia, aquí también va a sonar el plan de reforestación que propongo como un remedio fascista.

Lo fundamental es que la pretendida "lucha contra el cambio climático" no siga siendo un pretexto para conceder generosas subvenciones públicas y más poder a las mesnadas ecologistas.

Tal como se ha planteado hasta ahora, la "lucha contra el cambio climático" no es más que una versión pseudocientífica para tener amedrentada a la población. Cuando los habitantes de un país se sienten amenazados por vagos temores, los poderosos medran. Ese es el alimento de la oligarquía.

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