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Amando de Miguel

La voxfobia

A Vox no le queda más salida que ser la verdadera oposición, no ya al Gobierno de España, sino a la situación, el régimen, el sistema.

Amando de Miguel
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Amando de Miguel - La voxfobia
LD

Digamos que la política española se pasa todo el día reactualizando aplicaciones, tal es la misteriosa tarea de ir llenando de forma y contenido el famoso arco parlamentario. Oficialmente somos una democracia bipartidista, y por eso los jefes del PP y de Ciudadanos se pelean por ser cada uno de ellos el "líder de la oposición". Pero la realidad es que en el Parlamento nacional se alojan más de una docena de partidos. Uno de los últimos en ocupar sus escaños es Vox, un monosílabo que genera todo tipo de reacciones.

Como suele ocurrir con los recién llegados en todos los grupos, la reacción primaria de los veteranos es la de ningunear o estigmatizar al novato. Esos es lo que sucede con Vox en el Parlamento y en los medios de comunicación. Algunos comentaristas bien instalados no pueden dejar de traslucir el desprecio que les merece Vox, como si fuera un asistente a la fiesta que no hubiera sido invitado. No puede ser solo porque lo consideran una fuerza extrema, puesto que mucho más extremosos son algunos grupos izquierdistas o separatistas.

El quid de la cuestión está en que los voxeros suelen manifestar sentimientos, opiniones o ideas que otros políticos de la derecha no se atreven a expresar; por ejemplo, su repudio del separatismo o la consideración de la ideología de género como una estupidez. La inhibición se debe a una especie de complejo de la derecha instalada de no parecer con tintes franquistas, conservadores o simplemente patrióticos. Tal inhibición es consecuencia de la difusa hegemonía de la izquierda en el orden de las creencias y valores, una izquierda que se propone lo imposible: retorcer la Historia y hacer ver que la guerra civil del 36 la ganó la República. Frente a esa norma no escrita, los de Vox proclaman tranquilamente el credo patriótico de la derecha, que, por el momento, resulta una actitud minoritaria. Se comprende que tal gesto de autenticidad sea visto como descaro o provocación por el Establecimiento político y cultural.

La larvada voxfobia (perdón por el palabro) del grueso de las fuerzas políticas, periodísticas e intelectuales conduce de forma liminar a los insultos y actos violentos contra los voxeros. Lo cual contradice el estereotipo de "fascista" o "ultra" con que se percibe a Vox desde fuera. Recuérdese que un rasgo del fascismo o de los movimientos ultras fue siempre el insulto y la violencia contra los demás. En este caso los voxeros se acercarían formalmente a la situación de los judíos en la Europa de hace menos de un siglo; salvando todas las distancias, claro está, y sin salirnos del terreno metafórico.

Tampoco es que la violencia contra Vox sea siempre manifiesta. Lo que se practica más bien es una actitud de ejercicio despectivo, de ninguneo, por parte de las otras fuerzas políticas y un núcleo muy caracterizado de periodistas y comentaristas. Lo más llamativo es que la reacción estigmatizadora contra Vox la lleve a cabo con mayor contumacia Ciudadanos, otro partido de la derecha. No acaba de entenderse por qué tal animadversión, cuando lo que distingue objetivamente a Vox es que ensalza a España, su historia y su unidad. Para interpretar unas reacciones tan extrañas, habrá que echar mano de la tradicional envidia que caracteriza a los españoles en la vida pública y privada.

Al tiempo, el Establecimiento político y mediático se comporta con manifiesta comprensión respecto a Unidas Podemos (ellas y ellos) y a los partidos separatistas, es decir, los que pretenden triturar a España. Para empezar, suelen llamarla "Estado" o no le ponen ningún nombre, tal es el odio que les merece todo lo español. En cuyo caso a Vox no le queda más salida que ser la verdadera oposición, no ya al Gobierno de España, sino a la situación, el régimen, el sistema, el Establecimiento.

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