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Amando de Miguel

Las pretensiones de los ‘indepes’

Sabemos, mal que bien, quién gobierna en España. Lo más grave y misterioso es averiguar quién manda, realmente.

Amando de Miguel
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Sabemos, mal que bien, quién gobierna en España. Lo más grave y misterioso es averiguar quién manda, realmente; es decir, con un poder desproporcionado de veto. La paradoja no puede ser más escandalosa. Tal papel subrepticio corresponde a los indepes vascos y catalanes. Se llaman así, coloquialmente, los que antes eran nacionalistas y, teóricamente, pueden ser tachados de secesionistas. El extraño propósito de esos partidos (o “partidas”; cambian el sexo, decía Unamuno) consiste en separar de España a sus respectivas regiones. El argumento es que, como tienen otra lengua, además de las castellana o española, son naciones. En el entretanto, los prebostes independentistas no se consideran españoles ni, por tanto, hacen caso de la Constitución o de sus símbolos. Pero cobran del presupuesto español y, sobre todo, mandan de verdad; al menos, condicionan, con sus vetos, muchas decisiones del Gobierno. Es un resultado poco democrático, pero es real.

La cuestión es de principio. Un partido político, para sentarse en las Cortes, debería representar a todos los españoles, naturalmente, con su particular ideología, pero no a una parte del censo. Es de sentido común. En la realidad, los españoles hemos aceptado la aberración de que existan, legalmente, partidos que solo representan a una región. No vale el truco de llamarla “comunidad autónoma”. La verdadera autonomía debe corresponder al Estado; todos los demás entes públicos son heterónomos. La confusión de las falsas autonomías empezó con la II República, y así nos fue. El desgraciado término se incorporó a la Constitución de 1978, y así nos ha ido.

En su día, los nacionalistas vascos y catalanes fueron más bien de derechas, por exhibirse como románticos, historicistas. Hoy (no hace falta decir “a día de hoy”), la cuestión ha dado un vuelco. Los indepes tienden a considerarse de izquierdas o, al menos, se alían, tranquilamente, con las fuerzas sedicentemente progresistas. La aberración se cierra al difundirse la idea de que España, como tal, es un señuelo de la derecha, incluso de la extrema derecha, tildada, por eso, de fascista. Es un tremendo error de concepto, que nos va a costar caro, para regocijo de los farautes indepes. Su éxito está en la imitación que suscitan por parte de los otros capitostes del nacionalismo, situados en distintas regiones. En principio, son las que se distinguen por disponer de una lengua propia, aparte de la común (el castellano o español). De momento, han conseguido que, en tales regiones, sea difícil desarrollar centros de enseñanza en español. No puede ser una decisión más empobrecedora para todos.

En el fondo, a los indepes no les importa mucho que sus respectivas naciones sean más ricas y plenas. Se orientan, más bien, hacia una lógica negativa: hay que hundir a España, y más propiamente, a Castilla. No es casualidad que la vieja Castilla haya quedado troceada en varias autonomías, según el ordenamiento vigente. Frente a ese movimiento disgregador, se presenta, con fuerza, el irredentismo de Vasconia (con la pretendida anexión de Navarra) o de Cataluña (con su dominio sobre Valencia y las Baleares). Es una ley histórica: el verdadero nacionalismo requiere el complemento del irredentismo.

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