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No somos una sociedad avanzada

Llevamos mucho tiempo los españoles cavilando sobre lo que nos falta para incorporarnos definitivamente al club de las sociedades desarrolladas.

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Llevamos mucho tiempo los españoles cavilando sobre lo que nos falta para incorporarnos definitivamente al club de las sociedades desarrolladas (antes "civilizadas"), los países ricos. Pero no acabamos de ser una sociedad avanzada. Se pensó en su momento que bastaba con fabricar y exportar coches o barcos, con importar millones de turistas. No ha sido suficiente. Luego se dijo que era imprescindible suscribir una Constitución democrática. Seguían faltando algunos ajilimójilis, que van a ser de difícil logro.

Lo que realmente distingue a una sociedad avanzada es una mentalidad característica del grueso de su población, un espíritu de honradez, que busca la satisfacción por la obra bien hecha en el cumplimiento del deber. Eso en España no lo hemos conseguido; ni siquiera a veces nos lo proponemos. Seguimos siendo el país de la chapuza.

Pongo (no hace falta decir "sobre la mesa") algunos ejemplos mínimos de lo que falta en España para llegar a esa sensibilidad típica de una sociedad avanzada. En nuestro país no se respetan los horarios establecidos, los compromisos acordados sobre la disposición del tiempo de cada uno. En cuyo caso, la productividad no puede crecer mucho, a pesar de los archiperres tecnológicos que nos rodean. Por lo mismo, la puntualidad sigue pareciendo un lujo excéntrico. Muchas reuniones profesionales o de carácter social se convocan sin ninguna indicación de cuándo va a concluir el holgorio; pues en eso se convierten.

Más grave aún es que en muchas ocasiones subsiste una permanente desconfianza respecto al prójimo. Para ocultarla se recurre a la campechanía. Las relaciones personales se reducen muchas veces a aprovecharse los unos de los otros todo lo que se puede. La regla es que el que se sitúa por encima se beneficia a costa del que está debajo. En concreto, un grupo cualquiera (empresa, asociación, organización, institución, etc.) prima sobre los individuos y, dentro de ellos, unos pueden más que los otros. Por eso la desaforada lucha por el poder, aunque nada más sea en la junta de vecinos.

El esquema anterior explica el escándalo de la corrupción pública, sea lucrarse de los presupuestos del Estado, hacer favores a los amigos o falsificar exámenes, tesis doctorales u otros requisitos de la enseñanza. Luego nos tranquilizamos un poco al ver cómo dimite este o el otro político cuando se descubre la trampa académica. Pero el sistema universitario como tal sigue teniendo la corrupción como algo constitutivo. La prueba es que no hemos visto a ningún rector magnífico de universidad en la cárcel por la degradación a la que ha llegado el personal docente. Del discente hablaremos otro día; no se va a salir de najas.

En el supuesto de la corrupción política propiamente dicha lo grave, con serlo, no es la malversación de una parte de los caudales públicos. Lo verdaderamente ominoso es que hoy (no hace falta decir "hoy día") la política en España constituye la vía perfecta de enriquecimiento personal; eso sin salirse de la ley. Nadie se escandaliza por ello. De ahí que menudeen tanto las vocaciones para dedicarse a la política. No hace falta gobernar. En la oposición también se logra acumular contactos para enriquecerse. El sueldo de un diputado, dividido por horas de trabajo y con los privilegios añadidos, es de los más altos de España.

En conclusión, somos ya una sociedad industrial, desarrollada en muchos aspectos. Ya hay wifi por todas partes. Pero nos falta un punto para ser reconocidos en el club de las sociedades avanzadas. El asunto es moral, nada menos.

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