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Por qué votamos a un partido y no a otro

Es más fácil averiguar por qué no votamos a un partido. Es una lástima que la ley electoral no permita esa apreciación negativa.

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Es más fácil averiguar por qué no votamos a un partido. Es una lástima que la ley electoral no permita esa apreciación negativa, pues es la que se adopta con mayor naturalidad. Tampoco se nos deja decir en las papeletas el grado de aprecio por el partido correspondiente. Es una lástima que no sepamos cuántos votantes echan la papeleta a un partido como el menos malo. Sería el voto resignado. Me temo que en estos comicios de ahora son muchos.

No votamos a un partido porque sus dirigentes nos repelen, porque su ideología nos parece perniciosa para la nación o para nuestros intereses. También lo rechazamos porque sus candidatos nos parecen incompetentes en los debates, declaraciones, entrevistas o mítines.

Una forma terminante de voto negativo es la abstención: no acudir a los colegios electorales, ni tampoco votar por correo, o bien introducir un voto nulo o en blanco. El voto negativo se determina por un juicio (o prejuicio) respecto a la incapacidad de los políticos todos o al sistema de partidos. El conjunto de votos negativos puede llegar a superar a los que se orientan hacia la fuerza más votada. En cuyo caso nos encontramos ante una quiebra democrática. Es una suposición que no parece alejarse de la realidad en estos próximos comicios. Debería preocupar un poco más a los dirigentes políticos, pero nunca la toman en cuenta.

Más difícil es determinar las razones por las que se vota a un determinado partido con la lógica exclusión de los otros. Puede hacerse porque el votante lo considera de los suyos, una especie de identificación emotiva, sea por razones ideológicas o de costumbre. Pesa también la inercia de haberlo votado en anteriores comicios.

Se discute si lo que anticipan las encuestas electorales condiciona el voto. Puede hacerlo de forma limitada, aunque en dos direcciones opuestas. La más poderosa consiste en orientar a muchos indecisos en favor del partido que va ganando en los sondeos. Pero también está la contraria. Algunos indecisos se decantan por un partido que consideran injustamente perdedor en las encuestas. La ambivalencia debería preocupar a los que utilizan las encuestas como arma de propaganda. Por desgracia, es un vicio muy frecuente en nuestras costumbres.

Lo que parece más claro es que la decisión del voto a un partido depende poco de lo que digan sus dirigentes en la campaña electoral. El factor menos efectivo es el de las entrevistas a los líderes, los mítines y debates, aunque sean los actos más publicitados. Lo son para beneficio de los mandamases, para que su nombre suene. Estar en la oposición es ya una forma de poder.

Al final, lo decisivo es una influencia oculta o privada, que poco tiene que ver con las campañas electorales. La decisión de votar a un partido se toma de acuerdo con el ánimo que domina en el círculo de amigos, conocidos o familiares del votante. Ese círculo se mantiene porque sus miembros hacen todo lo posible por ser coherentes entre ellos. Podrán disentir en algunos aspectos, pero menos en los fundamentales, como este de la política, la religión o el fútbol. Constituyen las tres pasiones colectivas de los españoles, aunque puedan darse también en su forma negativa.

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