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Amando de Miguel

Un plan imposible para Jerusalén

El jeroglífico de Jerusalén bien puede ser la ocasión de oro para diseñar unas nuevas Naciones Unidas, que lo sean de verdad.

Amando de Miguel
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Me fascinan los problemas insolubles en las ciencias, en la vida de las sociedades o de las personas. Uno de ellos es el del discutido estatuto de Jerusalén. Oficialmente es la capital de Israel, pero los organismos públicos de ese Estado se asientan en Tel Aviv. Se trata de una especie de modernísimo campamento erigido al efecto para no provocar a los Estados vecinos, todos musulmanes. El problema es que los palestinos aspiran a que Jerusalén sea la capital de su hipotético Estado. Se sienten apoyados por todos los países musulmanes (mal llamados "árabes"). El presidente de los Estados Unidos ha declarado que piensa trasladar su embajada en Israel a Jerusalén, una vieja aspiración de las cámaras legislativas norteamericanas. De momento, el presidente Trump se ha quedado solo en el mundo occidental y ha desatado la protesta musulmana, la famosa intifada.

El problema reside en que Jerusalén es la capital espiritual de las tres grandes religiones monoteístas del mundo: judíos, musulmanes y cristianos. Es una situación única en la Historia. Ni los israelíes ni los musulmanes palestinos se pueden instalar exclusivamente en la ciudad santa. Supondría también una cierta afrenta para los cristianos. Bien es verdad que los israelíes son más tolerantes que los palestinos.

Se me ocurre una solución de compromiso y provisional, que son las que duran más en los litigios sin aparente solución. Tendría que ser un acuerdo de los principales Estados del mundo para conferir a Jerusalén un estatuto especialísimo sin exclusiones políticas. Quizá el orden público podría estar a cargo de la Policía israelí, de probada eficacia. La autonomía jerosolimitana podría sostenerse económicamente con el turismo, religioso o simplemente cultural. Dicho estatuto implicaría que la ciudad santa, con plena libertad, se abre a todo el mundo. Lo más parecido podría ser el Estado Vaticano, aunque Jerusalén sería un caso único de las tres religiones del Libro. Podría significar un primer paso para que los países de la Liga Árabe reconocieran a Israel y abandonaran su loco propósito de echar a todos los judíos al mar.

Un gran inconveniente para llevar a cabo la propuesta dicha es que necesariamente habría que tramitarla en las Naciones Unidas. Se trata de un organismo caro e ineficaz. En el mejor de los supuestos se pensó inicialmente para administrar la victoria de los aliados en la II Guerra Mundial, pero todo eso queda muy lejos. Un caso como el de Jerusalén desborda todos los esquemas de la ONU.

Algún día se caerá en la cuenta de que judíos, musulmanes y cristianos comparten más elementos de los que parece disgregarlos. Puede que ahí esté la clave para resolver la espinosa cuestión del terrorismo, la taimada versión de la III Guerra Mundial.

El jeroglífico de Jerusalén bien puede ser la ocasión de oro para diseñar unas nuevas Naciones Unidas, que lo sean de verdad. Para ello habría que suprimir el prepóstero derecho de veto de algunos de los Estados miembros. Es más, tampoco estaría mal que la sede de esas renovadas Naciones Unidas se instalara en Jerusalén. El actual emplazamiento en Nueva York carece de sentido.

Ya sé que las utopías son gratuitas, singularmente las que se refieren a la paz universal. Sin embargo, la alternativa de seguir como estamos en el asunto de Jerusalén será muy realista, pero no anima mucho.

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