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¿Relato o condena?

El destino de España depende más de que se desmonte el relato de una Cataluña asediada por un Estado opresor, que del castigo penal a los culpables.

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EFE

El avance inexorable de los interrogatorios en el Supremo empieza a desvelar la verdadera naturaleza que está adquiriendo este juicio. La culpabilidad o la inocencia de los acusados no será lo más relevante para el destino del Estado, sino si el relato político que ha justificado el procés se afianza o se desmonta al final del proceso judicial.

Es importante que los presuntos golpistas paguen con penas severas por los delitos contemplados en la acusación, pero me atrevo a decir que, si de aquí al final del proceso la acusación no logra desmontar el juicio político paralelo que están urdiendo los abogados de la defensa, la reclusión de los culpables será menos eficaz, que acabar con el relato que nos ha traído hasta aquí.

Dicho de otra manera, el destino de España como nación depende más de que se desenmascare y desmonte el relato de una Cataluña asediada por un Estado opresor, que del castigo penal a los culpables. Porque dicho relato es el soporte de legitimidad de la manipulación y las mentiras, el burka que les impide ver más allá de la mirilla de TV3, la fuente que seguirá infectando corazones y mentes generación tras generación. El Estado de Derecho podrá hacer cumplir la ley, pero no impedir la perversión del lenguaje, la manipulación de la historia, el control emocional de una sociedad cada vez más envenenada por la pedagogía del odio. O acabamos con él y al mismo tiempo logramos la hegemonía moral de una España inclusiva, sin privilegios territoriales, democrática y productiva, o nos robarán el futuro.

Toda esa obscenidad nacionalista se habrá de combatir desde la política, desactivar la impostura, desconectar a la población del monocultivo catalanista, mostrar con hechos empíricos la desolación que han causado y deslegitimar a sus responsables. Y todo eso, precisamente, es lo que está en juego en el curso de este juicio de embaucadores.

Decía al principio que el curso del proceso está mostrando ese duelo entre dos relatos, el nacionalista, y el del Estado de Derecho. Afortunadamente, va ganando el segundo. La negación ahora ante los tribunales de Justicia de los acontecimientos perpetrados a la vista de todos ayer, contrasta con la fría exposición de los hechos por parte de los responsables de los dispositivos de seguridad del Estado. Toda su estrategia de defensa se ha agotado en ganar a nivel internacional la condición de víctimas. Fue su ventaja inicial por aquello de que las primeras impresiones son las que quedan, pero el turno de testigos está abriendo una ventana de oportunidad a la verdad del Estado de Derecho y exponiendo al escarnio público su relato infectado de mala fe, manipulación y cobardía. Aunque un juicio no es para esto, el ministerio fiscal y la acusación particular deberían aprovechar la oportunidad de mostrar al mundo la impostura de su relato. Estamos en guerra, en una guerra de imagen, y España ha perdido todas las batallas que hasta ahora se han dado. Por incomparecencia. Sobre todo, a niel internacional. La primera imagen que recorrió el mundo el 1-O e incendió la Cataluña de TV3, fue la de un joven con el rostro ensangrentado. Importó poco que fuera falsa, se trataba de eso, de mostrar al mundo la brutalidad de un Estado opresor que aplasta a un pueblo exquisitamente democrático. El delegado del gobierno, Enric Millo, en su comparecencia aclaró que tal imagen pertenecía a una carga de los Mozos de escuadra en una manifestación de 2012. Una más de las mil mentiras que la pedagogía del odio siembra el procés cada día.

Cada sesión es una oportunidad para desenmascarar ese crimen contra la cordura de la sociedad catalana. Esta ventana al mundo debe representar un antes y un después del oasis catalán. La emisión del juicio acabará siendo un gran acierto.

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