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Carmelo Jordá

Hacer todo y, además, el ridículo

Es que ni en el escenario más sencillo es capaz el presidente de no salirnos con una bufonada.

Carmelo Jordá
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Cuando Rodríguez Zapatero llegó al poder, nos parecía que sus Gobiernos eran cosa de risa, con las ministras miembras del posado en el Vogue y lo que entendíamos como una falta de calidad generalizada, un nivel medio francamente mejorable. Sin embargo, aquel PSOE todavía conservaba algo de lo que ha sido durante varias décadas: un partido de gobierno, con una potente cantera de cargos medios capaces de dirigir el país, aunque fuese en la dirección equivocada.

No, aunque pueda parecerlo tras ese primer párrafo, no vamos a sentir nostalgia de ZP, básicamente por dos razones: la primera, por su presente como indigno palmero del régimen bolivariano, en lo que es el episodio más repugnante de un político español en lustros –al fin y al cabo, los podemitas sabemos que por lo menos cobraban, mientras que en el caso de éste aún no están claras las motivaciones–. Y la segunda, precisamente por aquel pasado: pues el que vació el PSOE de cualquier sustancia que le pudiera quedar fue el propio Zapatero, que dejó España como un solar pero su propio partido como un erial, que es por cierto algo mejor de como va a dejar Venezuela, menudo caballo de Atila que está hecho el gachó.

Siete años después, el PSOE ha cosechado tres descalabros electorales consecutivos y ha vuelto al poder por la puerta de atrás, con un totum revolutum de siglas cuya sola mención habría hecho a Felipe González partirse de la risa y a Alfonso Guerra, vomitar media tonelada de sapos. Y lo peor, quizá, no es eso, sino la demostración de que este Partido Socialista ya no es no digamos el de los abogados sevillanos, sino ni tan siquiera el de las leires y las bibianas.

Y eso se nota no tanto en la disparatada dirección política, muy en la línea del cinturón sanitario zapateril, como en las formas y los ridículos a los que día a día nos tienen acostumbrados el doctor Sánchez y su equipo, como el del pasado viernes en el Palacio Real, que no deja de ser una anécdota, cierto, pero que no puede ser más reveladora: es que ni en el escenario más sencillo es capaz el presidente de no salirnos con una bufonada.

Porque estoy dispuesto a admitir que, aunque ya hubiese pasado dos veces por allí, el presidente no tenía por qué saberse el protocolo, pero para eso tiene un porrón de asesores, que, por cierto, pagamos entre todos.

"En política se puede hacer todo menos ridículo", dicen que un día acertó a decir Tarradellas. En poco más de cuatro meses, el doctor Sánchez ha hecho todo –aliarse con los que quieren romper España, preparar unos presupuestos disparatados, colocar a los amiguetes por docenas, mentir, contradecirse, usar el Falcon–; y ahora, además, ha hecho el ridículo.

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