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#MeTampoco

Todo esto va de imponer una ideología en la que algunas fanáticas creen y de la que otras esperan aprovecharse.

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Una de las cosas que suelen olvidar los que disfrutan amoldando la sociedad a sus gustos personales es que no hay ninguna intervención política tan hábil que logre afectar a un único aspecto aislado de la sociedad; que cuando el intervencionismo se pone en marcha para extirpar algo del cuerpo social, normalmente se parece más al cuchillo de Jack el Destripador que al bisturí de un neurocirujano.

Por supuesto, esto les pasa sobre todo a los políticos; pero no solo a ellos: muchos amateurs de la política –léase activistas– se pasan la vida tirando piedras que no se limitan a agitar la superficie del lago, sino que suelen acabar partiendo la cabeza de algún pato desprevenido.

Les hablo de todo esto a cuenta de lo que empieza a ocurrir con la última campaña del feminismo radical, el ya famoso #MeToo, que en teoría denuncia determinados abusos contra las mujeres pero que en la práctica ha desencadenado una caza de brujos que, paradójicamente, o quizá no tanto, está empezando a perjudicar a las propias mujeres.

Hagamos parada aquí para aclarar que por supuesto que se producen abusos completamente despreciables y condenables. En ocasiones incluso constitutivos de delito, y como tales deben ser denunciados y, por supuesto, recibir el castigo penal que en cada caso corresponda. Pero también cabe preguntarse si en otras muchas ocasiones no es suficiente el reproche personal o social que un adulto –sea o no mujer– puede imponer a otro cuando su comportamiento así lo merece, sin necesidad de recurrir al Estado, al rector de una universidad, a todo el colectivo de mujeres o a las actrices hipócritamente encolerizadas de unos Goya o unos Globos de Oro.

Además, no puedo evitar pensar que esa necesidad de recurrir a la autoridad, a unas normas cada vez más estúpidas, a la horda tuitera o a colectivos supuestamente concienciados revela una imagen mental de la mujer como un ser inferior, incapaz de gestionar una situación incómoda entre adultos. Sinceramente, no es esa mi impresión de las mujeres que me rodean o me encuentro en mi vida diaria, más que capacitadas para lidiar con un idiota o con quien que se comporte como un imbécil.

Pero el problema es que todo esto no va de hacer mejor la vida de las mujeres ni de, como se dice ahora, empoderarlas, término que me parece un palabro horrible; va de imponer una ideología en la que algunas fanáticas creen y de la que otras esperan aprovecharse. Una ideología que no sólo está sirviendo ya para empobrecer intelectualmente a toda la sociedad e ir arrebatándonos espacios y pedazos de nuestra libertad, sino que además va acabar perjudicando directamente a muchas mujeres en su vida personal, en su entorno social o en su trabajo, porque las relaciones personales, sociales o laborales no pueden ir bien sin una de las partes.

Y para colmo la mitad o más de las que arrastran por ahí el #MeToo o no tienen la menor empatía real por las mujeres que sufren en tantos países o, tal y como ha reconocido Uma Thurman a propósito del escándalo Weinstein, no sólo son víctimas: también son culpables de haber callado, y su silencio ha causado que otras mujeres hayan sufrido lo que ahora hipócritamente denuncian ante las cámaras.

Parafraseando la genial frase de Dalí sobre Picasso: ellas #MeToo y yo #MeTampoco.

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