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Carmelo Jordá

Sí al no al burka

Por qué creo que se puede ser liberal y estar, al menos una vez, a favor de una prohibición.

Carmelo Jordá
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Por qué creo que se puede ser liberal y estar, al menos una vez, a favor de una prohibición.
Mujeres cubierta por burkas en una calle británica. | Archivo

Este martes y en estas mismas páginas Santiago Navajas escribía un interesantísimo artículo a cuenta del referéndum con el que se ha prohibido en Suiza el uso de burkas –o niqabs u otros tipos de velos que oculten completamente el rostro de la mujer– en los espacios públicos. Con la generosidad que le caracteriza, Navajas citaba uno de mis tuits como ejemplo de los que estamos a favor de la postura prohibicionista y, aunque él se declaraba en contra, hacía una recopilación muy equilibrada de algunos de los argumentos de los que consideramos que esta es una medida razonable y oportuna. 

Así que voy a aprovecharme del turno por alusiones –como suele decirse en el Congreso– para profundizar más en la cuestión y explicarles por qué creo que se puede ser liberal y estar, al menos una vez, a favor de una prohibición.

Empezaré diciendo algo que para mí es obvio: la convivencia en una sociedad implica que nuestras libertades deben tener ciertos límites, en algunos aspectos más superficiales –Navajas cita, por ejemplo, que no podemos ir desnudos por la calle– y también en otros más esenciales: las sociedades libres han llegado al acuerdo de prohibir la esclavitud y no estamos dispuestos a aceptarla ni en el caso de que esta fuese voluntaria, que por supuesto nos parece una locura improbable pero en realidad no lo es tanto según en qué lugares o situaciones.

Esto me ya parece suficiente para rebatir a aquellos que argumentan que muchas mujeres musulmanas ocultan sus rostros al mundo porque desean hacerlo, pero es que cualquiera que tenga un conocimiento mínimo sobre la realidad de la mujer y las comunidades musulmanas en Europa sabe que esta voluntariedad es muy poco voluntaria: las presiones de los familiares sobre sus parientes femeninas y de todo el grupo –que suele ser muy cerrado y en no pocas ocasiones estar muy al margen de las instituciones públicas y del resto de la vida social- suelen ser tremendas y, en muchas ocasiones, incluso violentas.

Por otra parte, creo que muchos de los que destacan esa voluntariedad en realidad no se dan cuenta –o no quieren darse cuenta– de que el resultado práctico del burka y similares es el exterminio social de las mujeres, su anulación, su desaparición del escenario y la vida públicos, convertirlas en espectros sociales. Es el efecto y es lo que se busca, por supuesto, y esto me parece sencillamente inadmisible. 

Además, conviene no olvidar que los que promueven el burka, el niqab y la anulación de la mujer como parte activa de la vida social no lo ven como una peculiaridad cultural o una costumbre ancestral que quieren mantener en su reducido grupo minoritario, sino como una obligación que debería imponerse a toda la sociedad y a todas las mujeres. Y yo creo que, ante ese ataque a la mitad de nuestra población, las democracias tenemos el derecho y hasta la obligación de defendernos.

Por otro lado, si bien no soy creyente, siempre he sido extremadamente respetuoso con la libertad religiosa, que me parece otro componente esencial de una sociedad libre, así que estoy dispuesto a cambiar de opinión si alguien me trae una sura del Corán que exija que la mujer oculte su rostro. No la hay, y de hecho se trata en muchos casos de costumbres preislámicas adoptadas según los sucesores de Mahoma expandían sus posesiones. Lo que sí hay, y ni siquiera en el Corán sino en los dichos que tradicionalmente se atribuyen a Mahoma, es el mandato –aplicado también a los hombres, por cierto– de vestir y comportarse "modestamente". Un término que está sujeto a interpretaciones muy distintas, como, de hecho, ha ocurrido históricamente en las sociedades musulmanas, que según en qué épocas y lugares han adoptado códigos muy diferentes de vestido, en los que no solía estar el velo excepto en casos muy concretos y minoritarios.

En definitiva: aunque haya sido fruto de la casualidad, por fin un 8-M sirve de verdad para avanzar en el camino de liberar a millones de mujeres del mundo de la opresión y la injusticia que sufren, ellas sí, precisamente por ser mujeres. Ahora lo que hace falta es seguir lo antes posible el ejemplo de Suiza.

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