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El cortoplacismo de Rajoy

El PP es en la actualidad un partido muerto, sin ningún atractivo ideológico, machacado por los casos de corrupción.

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El presidente del Gobierno en funciones no va a concitar en los próximos días ningún nuevo apoyo para su hipotética investidura. Ciudadanos, el único que podría acceder, ya dejó claro durante el debate de la pasada semana que no está dispuesto a apoyar a Rajoy. El argumento esgrimido por Albert Rivera para justificar esa negativa es tan sencillo de entender como demoledor para su destinatario: "Alguien que no es capaz de poner en orden su propia casa difícilmente está capacitado para liderar el proyecto de regeneración que necesita España", dijo el líder del partido centrista desde la tribuna del Congreso. Rajoy seguirá por tanto contando sólo con el apoyo de sus 123 diputados, y de ni uno más.

Por eso la única carta que tiene el líder del PP, que es la que en el fondo está jugando desde la negativa total que Sánchez le dio el 23 de diciembre en la Moncloa para negociar una gran coalición, es la de la repetición de las elecciones. En ese escenario, Rajoy piensa –y así lo ha explicado en las reuniones que ha tenido estas últimas semanas con los suyos– que su partido seguirá siendo la lista más votada, que Podemos será la segunda fuerza política, por delante del PSOE, y que, en ese supuesto, a los socialistas no les quedará más remedio que aceptar el Gobierno de gran coalición con el PP, liderado por supuesto por él.

También confían Rajoy y los arriolos que le rodean en que el pacto de Ciudadanos con el PSOE acabe pasando factura a la formación de Albert Rivera, porque consideran que esos votantes que se fueron del PP a Ciudadanos no lo hicieron para que los de Rivera pactaran con los socialistas e intentaran hacer presidente del Gobierno a Pedro Sánchez.

Como se puede comprobar, el análisis que se hace en Moncloa y en Génova del endiablado tablero político no va más allá de un objetivo cortoplacista: conservar, como sea, el poder, con Rajoy al frente. Pero no se va más allá: no se ha hecho en el PP la más mínima autocrítica de por qué uno de cada tres votantes de hace cuatro años se ha marchado. Y cuidado que ha habido a lo largo de los dos últimos años sucesivos avisos de que se iba a eso: elecciones europeas, andaluzas, autonómicas y locales, y por último las catalanas del pasado setiembre. En todas perdió apoyos.

El PP es en la actualidad un partido muerto, sin ningún atractivo ideológico, machacado por los casos de corrupción, con una ausencia total de debate interno –nadie pide la palabra en los comités ejecutivos o en las juntas directivas nacionales–, con un culto al líder por parte de quienes dependen de lo que este haga o diga para seguir en el machito que roza lo ridículo.

Acaban de cumplirse veinte años del triunfo electoral de Aznar en 1996, que supuso el comienzo de un periodo de ocho años del PP al frente del Gobierno de España, con un balance francamente positivo. La comparación de aquel PP con el actual no se sostiene. Ya no sólo en resultados electorales, o en la calidad de los dirigentes, sino sobre todo en términos de un proyecto ideológico liberal-conservador que supo aglutinar en su momento al centro-derecha y que veinte años más tarde ha renunciado a algo tan esencial en la vida pública: hacer política y dar la batalla de las ideas.

Por eso, lo mejor que le podría suceder al PP es dejar el poder, irse a la oposición –lo cual implicaría que Rajoy y bastantes de los actuales dirigentes se fueran a su casa– y llevar a cabo la necesaria refundación y regeneración, con dos objetivos básicos: el rearme ideológico y un cambio generacional en la dirigencia.

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