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La cabra siempre tira al monte

El PNV siempre ha considerado a ETA el hijo descarriado.

Cayetano González
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¿Por qué el presidente del PNV acude a las puertas del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco para solidarizarse con el presidente de Sortu –una de las marcas de ETA– antes de que este comparezca ante el juez y reconozca su pertenencia a la banda terrorista cuando intentó dar continuidad en su momento a la ilegalizada Batasuna a través de Acción Nacionalista Vasca y del Partido Comunista de las Tierras Vascas? Pues por la sencilla razón contenida en el titular de este artículo.

Conozco al actual presidente del PNV, Andoni Ortuzar, desde hace bastantes años. Es periodista –trabajó en Deia y dirigió durante un tiempo la radiotelevisión pública vasca– y es profundamente nacionalista. No tengo ninguna duda de su posición personal de rechazo a la violencia de ETA y de reconocimiento al daño causado por la banda terrorista. Pero, una vez más, al PNV le sale el pelo de la dehesa y cuando se trata de tener gestos con el mundo que durante tantos años ha justificado y amparado el terrorismo de ETA siempre acaba sucumbiendo a la tentación.

Al PNV no le gusta que se le recuerde que ETA nació en 1959 como fruto de una escisión en sus juventudes, con tipos que consideraban que sus mayores no eran lo suficientemente contundentes en la lucha contra el franquismo. Es decir que, al igual que en la parábola del hijo pródigo, el PNV siempre ha considerado a ETA el hijo descarriado, y aunque la banda nunca ha querido saber nada de él y jamás ha querido volver a la casa del padre, este no ha hecho otra cosa que ser condescendiente con ella, prepararle los mejores vestidos, las mejores sandalias, por si al final decidía volver. Y también, porque en Euskadi la cuestión gastronómica es fundamental, tener siempre dispuesto un buen cordero para el banquete de la celebración de la ficticia vuelta del hijo descarriado.

Al PNV tampoco le gusta que se le recuerde que quienes han puesto los muertos en lo que ellos llaman el "conflicto" vasco han sido los partidos constitucionalistas –el nacionalismo les llama "españolistas"–, amén de los miembros del Ejército y de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. ETA ha matado a militantes y cargos públicos de UCD, AP, PP, UPN y PSOE, pero a ninguno del PNV. Es verdad que lo intentaron varias veces con el que fuera consejero de Interior del Gobierno vasco, Juan María Atutxa, porque tuvo el coraje y la determinación política de poner a la Ertzaintza a luchar contra ETA. Gracias a Dios no consiguieron acabar con su vida.

Al PNV no le gusta que se le recuerde que desde la transición política no ha apoyado ni una sola medida que se ha tomado legítimamente desde las instituciones que conforman el Estado de Derecho para combatir a ETA. No apoyó en su día la dispersión de presos etarras; no apoyó la Ley de Partidos, por la que se ilegalizó a Batasuna; criticó siempre las medidas tomadas por los jueces contra el entorno político, mediático, cultural y económico de la banda terrorista.

Al PNV no le gusta que se le recuerde que en muchas ocasiones ha estado más cerca de los verdugos que de las víctimas. ¿O qué fue si no el pacto de Estella que firmó con ETA en el verano de 1998, al año siguiente del asesinato a cámara lenta de Miguel Ángel Blanco?

En los nuevos tiempos que algunos dicen se han abierto en el País Vasco por el hecho, importante sin duda, de que ETA ya no mate –aunque esté presente en las instituciones–, sería importante que el PNV, que ha tenido y sigue teniendo un inmenso poder en Euskadi, hiciera una reflexión autocrítica sobre su comportamiento ético y político en todos estos años con motivo de los crímenes de ETA. Y que, como fruto de esa reflexión, al menos pidiera perdón no solamente a las víctimas directas del terrorismo, sino a toda esa parte de la sociedad vasca que no es nacionalista y que no se ha visto amparada y defendida en sus derechos individuales por el nacionalismo gobernante y obligatorio que ha imperado durante tantos años.

Y si no es mucho pedir, también debería evitar gestos como el que este lunes ha tenido Ortuzar con el presidente de Sortu, un individuo que ha reconocido que ha formado parte de ETA, lo cual tendría que ser, pensando en las víctimas, un motivo de rechazo social y no de su contrario, como sucede con tanta frecuencia en el País Vasco con quienes han formado parte de la banda terrorista o han justificado sus crímenes.

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