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La deuda de Aznar

Aznar tenía una especie de deuda moral con todas esas personas a las que pidió no solo el voto sino su implicación en el proyecto popular.

Cayetano González
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No se cuál fue la primera sensación, que es la que vale, que pudo tener Rajoy al escuchar en directo –si es que lo hizo– o al conocer posteriormente todo lo dicho por Aznar en la entrevista del martes por la noche en Antena 3. No pretendo ser quien oriente el análisis que pueda haber hecho el presidente del Gobierno de la irrupción ante la opinión pública de quien, va a hacer ahora diez años, le designó sucesor y por tanto candidato a La Moncloa.

Pero, por si le sirve, le sugiero a Rajoy que piense que Aznar, en treinta y ocho minutos de entrevista, consiguió con toda seguridad levantar el ánimo alicaído y devolver la esperanza a muchos de los votantes, militantes o simpatizantes del PP que pudieran estar viéndole. ¿Y como lo consiguió? Diciendo las cosas de forma muy clara y por su orden; llamando al pan, pan y al vino, vino; huyendo de frases hechas, huecas o vacías; reclamando algo tan elemental como que el Gobierno gobierne, que no se resigne, que actúe, que aplique su programa electoral, que haga valer su mayoría absoluta, que baje los impuestos, que ayude a las clases medias, que haga frente con la ley a los que quieren situarse por encima de ella.

En treinta y ocho minutos, Aznar dijo muchísimas más cosas y, sobre todo, de más enjundia que Rajoy en los 17 meses –su equivalente en minutos serían 734.400– que lleva en La Moncloa. Y, sobre todo, hizo un diagnóstico demoledor pero certero de la situación de España, y también de la inacción del Gobierno del PP.

Con sus declaraciones, el expresidente del Gobierno ha cumplido con algo que le estaban demandando muchos de esos ciudadanos que confiaron en ese proyecto político de centro-derecha que refundó en el Congreso de Sevilla de 1990, que gobernó España ocho años –de 1996 a 2004– de forma exitosa y solvente. Ciudadanos que piensan que los actuales dirigentes del PP, con Rajoy a la cabeza, están dilapidando ese legado.

Aznar tenía una especie de deuda moral con todas esas personas a las que pidió no solo el voto sino su implicación, a distintos niveles, en aquel proyecto. No podía seguir dando la impresión de que estaba como ausente, de que la grave situación de España y la mala gestión del Gobierno del PP no iban con el.

Aznar ha hablado largo y tendido, ha dicho cómo ve las cosas y ha dejado una puerta abierta para volver si lo considera oportuno. ¿No tendría derecho a hacerlo quien voluntariamente limitó a ocho años su permanencia en la Presidencia del Gobierno? ¿Alguien tiene alguna duda de a quién preferiría la militancia del PP si pudiera elegir en unas primarias entre Rajoy y Aznar al candidato para las elecciones generales de 2015? Si Aznar es "cosa del pasado", como ha dicho el presidente del Congreso, Jesús Posada (Soria, 1945), cabría preguntarse: ¿y Rajoy qué es? ¿Y Javier Arenas?, ¿y Ana Pastor?, ¿y Ana Mato?, ¿y Jorge Fernández?, ¿y Arias Cañete?, ¿y José Manuel Soria? ¿Y el propio Posada? Todos ellos fueron ministros, secretarios de Estado o dirigentes regionales del PP en los años en que Aznar fue presidente del Gobierno.

Las reacciones habidas ante lo manifestado por Aznar lo único que confirman es que el expresidente ha acertado: a la izquierda política y mediática –lo de Pepa Bueno en la SER demuestra lo sectario que se puede llegar a ser– le ha puesto de los nervios; y en cuanto al PP, algunas de las declaraciones ponen en evidencia la mediocridad y la simpleza que se han instalado tanto en el Gobierno como en la calle Génova. Es decir, que sí parece necesario un revulsivo en las ideas y un cambio en el liderazgo del ejecutivo y del partido. Evidentemente, no parece que Rajoy esté por la labor ni de lo primero ni mucho menos de lo segundo.

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