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La insolvencia de Pedro Sánchez

Las dudas sobre su capacidad para liderar el PSOE no solamente no se han despejado sino que han ido en aumento.

Cayetano González
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El PSOE no acaba de remontar en las encuestas. Incluso en algunas –como la publicada este lunes por El Mundo– sigue en esa tremenda caída que tuvo su primera estación dolorosa en las elecciones generales de hace tres años, cuando, con Rubalcaba de candidato, tuvo el peor resultado de su historia reciente: siete millones de votos y 110 diputados. Luego, en las europeas del pasado mayo, el número de ciudadanos que votaron al partido fundado por el auténtico Pablo Iglesias descendió a 3.600.000.

Es verdad que sólo han pasado cuatro meses desde que Pedro Sánchez, con el respaldo de la lideresa andaluza Susana Díaz, se aupara a la Secretaría General del PSOE, después de ganar en unas primarias a Eduardo Madina y José Antonio Pérez Tapias. Pero las dudas sobre su solvencia para liderar el partido que ha gobernado en España veintiuno de los últimos treinta y siete años no solamente no se han despejado sino que han ido en aumento.

Si se hiciera una encuesta entre los ciudadanos sobre las cosas que recuerdan que haya hecho Sánchez en estos cuatro meses, muy probablemente habría una abrumadora mayoría que contestaría que ninguna. Seguramente también habría un porcentaje de gente que recordara su llamada al programa Sálvame y su conversación con Jorge Javier Vázquez para mostrarle su oposición a la fiesta del Toro de la Vega de Tordesillas, y quizás algunos traerían a colación su ridícula propuesta de hacer funerales de Estado para las víctimas de la violencia de género o la irresponsable de suprimir el Ministerio de Defensa. Pobre, muy pobre balance para alguien que quiere volver a convertir el PSOE en una alternativa seria y solvente para gobernar España.

Pero si nos separamos del folclore declarativo y nos fijamos en cuestiones más importantes, la posición política de Sánchez con motivo del desafío independentista lanzado al Estado por Artur Mas y ERC ha sido de una irresponsabilidad supina. Heredando el discurso de Rubalcaba en esta cuestión, al nuevo secretario general del PSOE sólo se le ha ocurrido en este tiempo incidir en la necesidad de hacer una reforma de la Constitución, lógicamente –aunque no lo explicitara así– para dar satisfacción a los independentistas catalanes, como si estos se conformaran a estas alturas de la película con un "nuevo encaje" de Cataluña en España. En las pocas cosas que Rajoy ha acertado en este debate ha sido en exigir al PSOE y a su nuevo líder que concretaran en qué consistiría ese cambio en la Carta Magna, porque por mucho que los portavoces socialistas repitieran que era para ir a un Estado federal, ese era un mantra sin ningún sentido, porque hasta Pedro Sánchez, que solo tenía seis años cuando se aprobó la Constitución de 1978, sabe que esta consagró en la práctica ese Estado federal que ahora reclaman.

Pero no contentos con eso, una vez consumada la consulta del 9-N –todo lo ridícula que se quiera, pero al final hubo urnas en la calle, la gente que quiso pudo votar y Mas ha sido fortalecido–, la actitud del líder del PSOE ha sido la de poner todos los palos que pudiera en la rueda de la aplicación estricta de la ley a todos aquellos responsables de la Generalitat que se saltaron la misma hace dos semanas, haciendo caso omiso de lo dicho por el Tribunal Constitucional. Una actitud, la de Sánchez, muy poco acorde con quien aspira a ser residente del Gobierno del Reino de España; es decir, muy poco acorde con alguien que está obligado a cumplir y a hacer cumplir la ley.

Su llegada a la Secretaría General del PSOE ha coincidido en el tiempo con la irrupción de Podemos, que, aparte de hundir a Izquierda Unida y mandar a Cayo Lara a su casa, pesca también muchos votos en los caladeros socialistas. La tentación de Sánchez puede ser la de imitar o copiar algunas de las propuestas del partido liderado por Pablo Iglesias. Pero, como dijo en su día el que fuera secretario general de los socialistas vascos, Nicolás Redondo Terreros, si juegan a Podemos, "gana Podemos".

Sánchez va a tener su primera prueba de fuego electoral el último domingo de mayo, en las elecciones municipales y autonómicas -en trece CCAA- que tendrán lugar ese día. El actual escaparate de poder municipal y autonómico del PSOE es muy pobre: gobierna en Andalucía (gracias al apoyo de IU) y en Asturias (gracias al apoyo en su día del único diputado de UPyD) y en muy pocos ayuntamientos importantes: Zaragoza, Toledo, Vigo y Segovia.

Si en mayo Sánchez no consigue un buen resultado electoral, las dudas sobre su idoneidad para no sólo liderar el partido sino para ser el candidato en las generales de dentro de un año aumentarán exponencialmente, y seguramente serán muchas las voces que reclamarán a Susana Díaz que dé un paso al frente y que deje el Palacio de San Telmo para venir a Madrid a un sitio más modesto como es la sede socialista de la calle Ferraz, para desde ahí intentar asaltar no el cielo sino el Palacio de La Moncloa. Esa es la espada de Damocles que durante estos meses tendrá Sánchez encima de su cabeza. Pero como él es un tipo bastante presumido, seguro que lo sabrá llevar con elegancia.

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