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La máquina de perder elecciones

El Gobierno, Rajoy y el actual PP han claudicado políticamente ante el desafío separatista, que empezó a plantearse con total nitidez hace tres años.

Cayetano González
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Lo dijo hace tiempo el otrora poderoso número dos del PSOE, Alfonso Guerra: "Cuando un partido se empeña en poner en marcha la máquina de perder elecciones, esta es imparable e implacable". En nuestra reciente historia hay ejemplos de esto: UCD, tras las peleas internas de las familias que constituían el conglomerado centrista, pasó de tener 168 diputados en las elecciones de 1979 a sólo 11 en las de 1982. En 1996 el PSOE, después de múltiples casos de corrupción y de la guerra sucia contra ETA que supusieron los GAL, también perdió las elecciones. Y ahora es el PP de Rajoy el que lleva camino de lograr ese objetivo perdedor en un tiempo récord: tan sólo tres años después de haber conseguido el apoyo de once millones de españoles, de gobernar en once comunidades autónomas y en los principales ayuntamientos.

Dos cuestiones de distinta índole acaecidas en los últimos días han acelerado esa maquinaria a la que se refería Alfonso Guerra. La primera, y más grave, es que en Cataluña el pasado domingo sí hubo urnas en la calle y los ciudadanos que quisieron pudieron votar, y lo hicieron mayoritariamente a favor de la independencia. Rajoy había dicho que no habría urnas y que mientras que él fuera presidente del Gobierno de España no se llevaría a cabo un referéndum a todas luces ilegal para decidir la separación de una parte del territorio nacional.

A efectos de opinión pública –que en una democracia es lo que cuenta–, el domingo en Cataluña hubo referéndum, consulta o como se quiera llamar. A esos efectos, lo de menos es que no fuera legal y que no tuviera las mínimas garantías democráticas. No hay más que ver qué dirigentes políticos estaban exultantes en la noche del 9-N y lo siguen estando el 10-N y quién sigue refugiado en el silencio. Eso sí, el presidente parece que siguió la votación de Cataluña del pasado domingo desde su despacho de La Moncloa. Me imagino que lo haría compatible con el seguimiento de los acontecimientos deportivos de la jornada dominical que tanto le gustan.

El Gobierno, Rajoy y el actual PP han claudicado políticamente ante el desafío separatista, que empezó a plantearse con total nitidez hace tres años. Entonces, el presidente, con una enorme dosis de frivolidad, dijo que aquello eran "dimes y diretes". Luego, su discurso, que ha repetido como un papagayo, ha sido lo de aplicar la ley y ofrecer diálogo a Mas. El pasado sábado nos enteramos de que su asesor áurico, Pedro Arriola, estuvo negociando con un dirigente de CIU, Joan Rigol y con el que fuera jefe de gabinete de Felipe González y de Zapatero, José Enrique Serrano, una salida al problema planteado por Mas. Que Arriola o Moragas sean los que negocien en nombre del presidente es la mejor muestra de lo mal que están las cosas en La Moncloa y en Génova.

Por si la inacción y la falta de batalla ideológica, política y legal en Cataluña no lastraran ya suficientemente al PP y a su líder, los diferentes casos de corrupción que en los últimos tiempos han afectado a los populares han acelerado casi hasta el límite la famosa máquina de perder elecciones.

Lo último, el caso Monago, ha sido un auténtico esperpento. El PP tenía programada una reunión sobre "las prácticas del buen gobierno" en Cáceres y el día en que empezaba el cónclave saltó la noticia de que el presidente de Extremadura había viajado en 32 ocasiones a Tenerife con cargo al Senado, en un periodo de año y medio. Nadie entendía esta fiebre insular del entonces senador, hasta que una señorita colombiana militante del PP y que reside en esa bella isla declaró que iba a verle a ella, ya que mantenían por aquel entonces una relación sentimental.

En lugar de dimitir de forma inmediata –como por cierto hizo, a instancias de la presidenta de Aragón, Luisa Fernanda Rudi, el diputado popular por Teruel que también viajó a Tenerife a lo mismo que Monago con cargo al erario–, el presidente de Extremadura se puso a llorar ante los asistentes a la reunión del PP, dijo que los viajes por motivos privados se los había pagado de su bolsillo y que lo podría demostrar. Hasta hoy. Por si acaso, al día siguiente, ante Rajoy y Cospedal, Monago anunció que devolvería todo el dinero gastado en esos viajes al Senado, ¿Pero no habíamos quedado en que se lo había pagado de su bolsillo? Lo peor es que cuando hizo ese anuncio todos los asistentes al acto, incluido Rajoy, se pusieron a aplaudir. La máquina estaba ya en funcionamiento.

En el PP todavía no se han enterado de que los ciudadanos van ya a otra velocidad y están en otra onda; que no toleran más prácticas corruptas; que no quieren partidos y dirigentes cerrados y endogámicos; que están hartos de que los asen a impuestos mientras que algunos –tarjetas black, operación Púnica y lo que quede por salir– se dedican a forrarse o a malgastar el dinero público.

Y los votantes del PP están especialmente hartos de unos dirigentes, empezando por Rajoy, que son los principales responsables del vaciamiento ideológico de un proyecto político que ha aglutinado desde su refundación en 1990 al centro-derecha liberal en España; están hartos de unos dirigentes que consienten que los responsables políticos de una comunidad autónoma se rían de nuestro Estado de Derecho y permitan la pantomima vivida del domingo en Cataluña; de unos dirigentes que son incapaces de combatir con eficacia el principal cáncer del sistema democrático, que es la corrupción, y que cuando aparecen casos en sus filas salen en su auxilio como si de un hijo descarriado se tratara.

El PP de Rajoy seguirá recogiendo en las urnas –ya empezó en las europeas del pasado mes de mayo– lo que ha venido sembrando en los últimos años. Y que no vengan diciendo que ellos son la única garantía para frenar a los de Podemos. Ese discurso ya no cuela. En Moncloa y en la calle Génova han puesto en marcha la máquina de perder las elecciones y funciona a todo gas.

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