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¿Qué hace el PP?

Rajoy puede acabar dilapidando completamente un capital político que nunca antes había tenido en nuestro país el centro-derecha.

Cayetano González
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En las recientes elecciones europeas hubo dos grandes perdedores, el PP y el PSOE, y un claro vencedor: Podemos. Los primeros se dejaron por el camino cinco millones de votos; los de Pablo Iglesias, en la primera ocasión que se presentaban a unas elecciones, sacaron 1.250.000. Desde la noche electoral no se ha dejado de hablar y de debatir sobre Podemos: prácticamente todos los días han estado en los medios, especialmente en las televisiones amigas, es decir, en Cuatro y en La Sexta. El PSOE ha hecho su proceso de primarias y ya tiene un nuevo líder. A partir de ahora, lo lógico es que se vaya recuperando y saliendo del fondo del pozo en el que le ha dejado el tándem Zapatero-Rubalcaba. Y el PP, ¿qué está haciendo?

Lo de los populares es una incógnita. Como todo lo que sucede en ese partido gira en torno a un líder que aparentemente ni siente ni padece, el aventurar algo es arriesgado. La secretaria general está prácticamente desaparecida, compartiendo como comparte esa función –lo cual no deja de ser chocante– con la presidencia de una comunidad autónoma; los vicesecretarios generales, en algunos casos mejor que no aparezcan; algunos barones regionales han empezado a lanzar algunas señales que lo único que denotan es nerviosismo ante lo que dicen las encuestas de cara a las elecciones autonómicas y municipales que tendrán lugar dentro de diez meses.

El hecho real es que un partido que hace dos años y medio recibió once millones de votos, que le dieron una gran mayoría absoluta en el Congreso y en el Senado; un partido que gobierna en once comunidades autónomas y en los principales ayuntamientos de España, se encuentra atenazado y presa del miedo ante el panorama que se dibuja en el horizonte. El PP depende absolutamente de la compleja personalidad de su presidente, al que le aburre soberanamente hacer política, dar la batalla de las ideas o hacer frente al desafío separatista de Cataluña. Un presidente que no ilusiona ni a los suyos, que tiene un perfil de líder muy alejado de lo que en el momento presente necesita España, que siente desprecio intelectual por los medios de comunicación y que transmite una imagen de buen administrador de la cosa pública, pero poco más.

Rajoy puede acabar dilapidando completamente un capital político que nunca antes había tenido en nuestro país el centro-derecha. Y acabará como Zapatero: despreciado y arrinconado por los suyos.

El PP corre el riesgo de ser la séptima fuerza política en Cataluña, ya es la cuarta en el País Vasco; en Navarra no existe, su espacio lo ocupa UPN; en Andalucía, después de la victoria en las autonómicas de 2012, bastó que el PSOE sacara de la chistera a Susana Díaz y Rajoy designara con el dedo a Moreno Bonilla para que los socialistas le hayan sacado diez puntos de ventaja en las europeas.

En Madrid y Valencia, los feudos del PP, las perspectivas electorales no son nada halagüeñas, hasta el punto de que –como cuenta Pablo Montesinos– en las filas populares hay un clamor por que Rajoy pida a Esperanza Aguirre que dé un paso al frente y encabece la candidatura al ayuntamiento de la capital, en la confianza de que eso además tendría un efecto positivo en la comunidad. En otras CCAA –Cantabria, Aragón, Baleares– la mayoría absoluta pende de un hilo. Y habrá que ver qué pasa en Castilla y León o en Castilla-La Mancha.

Si en las autonómicas y municipales de mayo del próximo año el PP pierde gran parte del poder que ahora acumula y los pactos de la izquierda se ponen en marcha, que se preparen Rajoy y los suyos para lo que pueda suceder en las generales. Fiarlo todo al "O nosotros o el caos" tiene un enorme riesgo, sobre todo cuando no se está, salvo alguna excepción, ni dando la batalla ideológica a fenómenos como Podemos ni explicando a los españoles el momento tan delicado que estamos atravesando, con una izquierda radicalizada liderada por Podemos, con un PSOE que va a tener la tentación de situarse también en ese terreno de la radicalidad y con unos nacionalismos, catalán y vasco, que, viendo la debilidad del Estado y de quien gobierna, se lanzan por la senda del separatismo para conseguir su objetivo, que no es otro que la independencia.

Para reaccionar ante esta situación no basta con esperar a que la economía mejore. Hay que hacer política, hay que dar la batalla ideológica, hay que huir de los complejos que históricamente atenazan a la derecha. Y hay que hacerlo con convicción, es decir, creyéndose de verdad los valores que han hecho del PP el referente para esa parte de la sociedad que se identifica con las políticas liberales y que quieren una nación cuyas principales señas de identidad sean la igualdad y la libertad.

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