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Cristina Losada

A quién le funciona la 'catalanofobia'

Agitar el espantajo de la 'catalanofobia' permite al nacionalismo un doble encubrimiento.

Cristina Losada
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El nuevo secretario general de la UGT, Josep María Álvarez, hizo saber después de su elección que estaba orgulloso de que UGT sea "la primera organización del Estado en que la catalanofobia no funciona". Le habían elegido a él y no al salmantino Miguel Ángel Cilleros. ¿Se podría decir que en UGT ha funcionado la castellanofobia? Paparruchas, respondería a buen seguro el propio Álvarez, pese a que está dispuesto a creer en una paparrucha de igual calibre. Pero hay un dato que se le ha escapado al sindicalista. La UGT no es la primera organización del Estado (ante todo, no digamos España) donde la paparrucha no funciona. Justo al otro lado de la mesa, en la patronal, en la CEOE, tiene a un señor de Barcelona de presidente desde diciembre de 2010. Y seguiríamos por ahí, si no fuera una pérdida de tiempo.

Sólo una vuelta más a esa tuerca, porque hay una posibilidad inquietante. Igual nos está diciendo Álvarez que el PSOE, por referirnos a un partido afín a la UGT, rechazó por pura catalanofobia a Carme Chacón en el Congreso que ganó Rubalcaba en 2012; que, en cambio, la maldita fobia no funcionó cuando el partido eligió a Borrrell en 1998, y que volvió a estar operativa a los pocos meses, al verse obligado a dimitir el catalán que había sido ministro de Hacienda. Bueno, un catalán al que Jordi Pujol le dijo: "Usted no es catalán, usted ha nacido en Cataluña". Pero sospecho que el criterio con el que Álvarez mide la catalanofobia de las organizaciones estatales no es tan sencillo como parece. El quid no está en si una organización elige o no elige a un catalán. Es peor.

Como el rasgo diferencial de Álvarez respecto a otros miembros de su sindicato es que está a favor del llamado derecho a decidir de los catalanes, se deduce que la aceptación o no de tal derecho es la cuestión determinante. Si lo aceptas eres normal, si no lo aceptas eres catalanófobo. Puede que Álvarez no esté de acuerdo con el reparto de credenciales de catalanidad establecido por el nacionalismo, según el cual quien no es nacionalista no es catalán, pero su filtro de catalanofobia pertenece al mismo juego de enseres domésticos. Uno de los problemas democráticos del nacionalismo está precisamente ahí: hace depender la condición de ciudadano de su identificación con una doctrina política. Con una doctrina identitaria. Así, los no nacionalistas o no son catalanes o son anticatalanes. De modo similar, por cierto, a como la dictadura franquista declaraba antiespañoles a sus oponentes.

A quienes sí les funciona la catalanofobia es a los nacionalistas. Por eso no dejan de mentarla. Para intentar convencer a una parte de los catalanes de que son odiados por el resto de los españoles. Para persuadirlos de que son víctimas de un maltrato secular por parte de España. Para justificar la ruptura como pura reacción de supervivencia a los continuos atropellos y abusos que una malvada y torva España inflige a Cataluña. De paso, aunque no es asunto menor, agitar el espantajo de la catalanofobia permite al nacionalismo un doble encubrimiento. Sirve de tapadera a su práctica de instigar el odio a lo español y enmascara el sustrato supremacista del nacionalismo. Lo enmascara y al tiempo lo revela. ¿Qué otra cosa podría sustentar esa fobia que denuncia si no es la envidia por la superioridad de los catalanes?

He conocido a catalanes que creen que la catalanofobia existe por algo que les dijeron en un taxi o en un bar en Madrid. O porque les rayaron el coche con matrícula de Barcelona cuando estaban en Lugo, por ejemplo. Yo les podría contar de la fobia que les tenían a los madrileños hace décadas los chavales de mi ciudad, sólo porque venían de la capital y parecían muy chulitos. Todo este anecdotario es poco serio. Pero me da que Álvarez no puede ofrecer muchas más pruebas de la existencia de las meigas. Aparte, claro, de su convicción de que defender el derecho a decidir de todos los españoles es signo inequívoco de aversión a los catalanes.

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