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Cristina Losada

Cambiar de siglas, no de líder

Apartar a Mas daría una señal de disgregación y descomposición. Señalizaría, en fin, una realidad.

Cristina Losada
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Apartar a Mas daría una señal de disgregación y descomposición. Señalizaría, en fin, una realidad.
EFE

A simple vista, Convergencia, si ese es el nombre bajo el que cursa todavía el partido de Artur Mas, parece una caja. Una caja de sorpresas, además. Ahora ya no está por una presidencia coral, como pretendía la CUP asamblearia. No cuatro presidentes de la Generalidad, como cuatro jinetes del Apocalipsis, sino uno y no más. Esto es, sí Mas. Con él ya hay apocalipsis suficiente. De hecho, acaba de destruir su partido, al menos, formalmente: Convergencia ya no será Convergencia. Nadie podrá decir que descansa en paz.

La desaparición de las siglas de CDC no es, sin embargo, sólo asunto formal. Un partido que ha disfrutado de un papel hegemónico no tira unas siglas al vertedero así como así. Las explicaciones que han dado al respecto sus dirigentes son cualquier cosa menos creíbles. Lo cual guarda coherencia con la conducta de un partido que se distingue por mantener aquello que Revel atribuía a la educación totalitaria del pensamiento: "Una inveterada deshonestidad en las relaciones con lo verdadero". Y con todo lo demás, cabe añadir.

¿Es el afloramiento de la corrupción el combustible que ha quemado las siglas convergentes? Tal vez. Pero permítaseme la duda. Si ha habido castigo a Convergencia por la corrupción ha sido un castigo parcial. El gran proyecto de CDC estos años, que no ha sido otro que la ruptura con España, salió tocado pero esencialmente entero de la última convocatoria a las urnas. Como si el electorado separatista se hubiera dicho: serán unos ladrones, pero sus planes no están nada mal. Es más, de no ser por esos planes, a Convergencia le hubiera ido mucho peor.

El misterio, la sorpresa, es que un partido que ha ido perdiendo base electoral y escaños bajo el liderazgo de Artur Mas decida cambiar de siglas en lugar de cambiar de líder. La decisión de salvar al líder como sea, incluso cuando su retirada es condición (de momento) para lograr los votos necesarios a fin de gobernar, indica antes que nada que Mas está dispuesto a cualquier cosa para mantenerse en el poder. Pero también apunta a una fragilidad del movimiento separatista: apartar a Mas daría una señal de disgregación y descomposición. Señalizaría, en fin, una realidad.

El rumbo separatista adoptado por CDC no fue asunto personal e intransferible de Mas. Su trayectoria no supone una ruptura repentina con el pujolismo, sino su continuidad. Pero su figura ha quedado identificada con el proyecto. Es el Moisés que embarca a su pueblo en el viaje –siempre gratis– a la tierra prometida. El hombre que tiene en la mano todos los hilos del procés. Su relevo descabezaría a un movimiento que ha logrado parte de su fuerza gracias a la ficción, una más, de que es un bloque. No un bloque que representa a una parte de Cataluña o que representa a Cataluña, sino que es Cataluña. Nada nuevo bajo el sol nacionalista. Sólo que mantener esa ficción obliga a mantener la apariencia de unidad, y la unidad se personaliza en Mas.

Los de la CUP, a los que algunos insisten en considerar anarquistas –¿dónde se ha visto a unos anarquistas que hablen de construir un Estado?–, están tardando en apreciar las consecuencias que tendría para el empuje separatista prescindir del cabecilla de la insurrección. Se están haciendo de rogar y disfrutan de sus quince minutos de fama. No se descarte, sin embargo, que al final encuentren la fórmula estrambótica para que los antisistema de camiseta se fundan en abrazo con los antisistema de traje.

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