
Las dos últimas sesiones del Congreso han contribuido grandemente al entretenimiento español. Hay que saborearlas, porque el espectáculo cierra con la llegada del verano. En vivo y en directo han sido buenas, pero retransmitidas por medios gubernamentales aún resultaron mejores. La que acabó aprobando una moción para que Pedro Sánchez dimita, convoque o se someta a una cuestión de confianza, se presentó en el parte del mediodía con la imagen de la bancada socialista aplaudiendo a manos llenas y caras de inmensa alegría. Puede que haya causado alguna confusión esta falta de sincronía entre la noticia que se estaba dando y la imagen que la ilustraba, pero también puede que no. El modo en que el Gobierno se ha descargado del peso de sus escándalos está teniendo, como uno de sus visibles efectos, el de borrar la distinción entre lo creíble y lo increíble, por lo que es posible dar por cierto que diputados y ministros aplauden como salvajes cuando sale aprobada una moción en su contra. Qué tendría de extraño, vamos a ver.
¿No han dicho un montón de veces que este tipo de cosas les convienen, que cuanto más los atacan, más fuertes están? Pues eso. No tendría nada de extraño que celebraran por todo lo alto que la mayoría absoluta del Congreso pida la dimisión de Sánchez. Pero volviendo a esa frontera borrada, vayamos a la corrupción, que era el tema. La gente mal informada pensó que una sesión convocada para que el presidente del Gobierno rindiera cuentas sobre los casos de corrupción, iba a versar sobre la corrupción del PSOE, más cuando estaba lo de Ábalos, Koldo y Aldama recién salido del horno. Qué equivocados. La comparecencia de Sánchez fue sobre la corrupción del Partido Popular, la pasada y la futura. La que hubo y la que habrá si Feijóo llega a gobernar. Esto no es una rendición de cuentas, pero se presenta como rendición de cuentas, se repite que es una rendición de cuentas y el efecto es que nadie sabe ya qué es una rendición de cuentas.
Cuanto más nos atacan, mejor nos va. Este brebaje mana también de fuentes donde aplacan la sed los periodistas que acaban de caer de otro planeta o están en la lista de los 61. El corresponsal del The New York Times lo introducía en su crónica: el caso contra Begoña puede ayudar a Sánchez. Alguno se reirá, incrédulo. Ay. Pero el instante más representativo del ethos del partido en el Gobierno que hubo en estas sesiones fue el que protagonizó el portavoz Patxi López a cuenta del caso de la esposa. Mientras agitaba los brazos como aspas de molinos, se llevaba una mano al corazón y golpeaba el estrado con el puño, López se juramentó a decir cada vez más alto "lo que ya dicen millones de españoles en la calle. ¡Yo con Begoña! ¡Yo con Begoña!".
Nadie tenía noticia de esos millones de españoles que andan por las calles intercambiándose ese santo y seña. Nadie sabía de ese partido de Begoña que está naciendo espontáneamente en plazas, calles y campos de España. Pero López, que es zafio, no tonto, estaba dando combustible a la creencia, aunque el propio Sánchez le dirigiera una mirada torva cuando hacía el pronunciamiento por Begoña. La creencia que deben tener los creyentes es que aquí no pasa nada, que Sánchez va a volver a gobernar, que todos los colocados seguirán en sus puestos y que habrá más para repartir entre los leales. Todo lo que están diciendo y haciendo los ministros y portavoces, por grotesco que parezca, se dirige a un público: los afiliados del partido, sus cuadros, sus dirigentes locales y regionales. Es el público al que hay que convencer para que, en vez de preocuparse y presionar un poquito para que Sánchez haga un Starmer, permanezca sometido, obediente y servil, modelo López.
Tienen que mantenerlos persuadidos de que cuantos más escándalos se les descubren, más votos ganan, de que no adelantan elecciones porque las ganarían demasiado fácilmente, de que el caso Begoña a quien perjudica es a Feijóo y de que la noche, aunque la vean oscura, es el día.
