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Cristina Losada

Cohabitación del pánico

Sánchez no tiene ningún problema con ponerle a su Gobierno el broche de izquierdas. Lo único que no quiere es un Gobierno con dirigentes de Podemos 'dentro'.

Cristina Losada
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Cristina Losada - Cohabitación del pánico
Pedro Sánchez en el Congreso | EFE

¿Qué fue lo de Sánchez? Oído el discurso del candidato a la investidura, la pregunta no era fácil de contestar. Sólo estaba claro que no había acuerdo con Podemos. Aún. Se infería, incluso, que podía no haberlo de aquí al jueves. Sobre todo, cuando pidió y exigió la abstención al PP y a Ciudadanos, a los que agrupó esta vez como "bancada conservadora", bien por creer que conservador tiene algún eco peyorativo, bien por creerse un laborista dirigiéndose a los tories.

¿Fue un discurso de investidura o fue un discurso preelectoral? Siempre es difícil distinguir lo uno de lo otro, pero la frontera era esta vez más porosa que nunca. Ningún candidato se había presentado antes a tal ceremonia parlamentaria sin haber cerrado algún tipo de acuerdo al menos con otro partido político. Cierto que para Sánchez no es novedad la investidura fallida: protagonizó una en 2016. Pero en aquélla expuso el programa de Gobierno previamente acordado con Ciudadanos. Ahora pronunciaba un discurso para despistar al gremio de los buscadores de guiños. El lenguaje, como dijo Talleyrand, se le ha dado al hombre para ocultar lo que piensa.

Sí, quería un Gobierno "progresista, europeísta, ecologista y feminista", como repetían en letanía sincronizada los tuits del partido, mostrando así que el sentido de esta acumulación de consignas no es el mensaje, sino el masaje. Pero estas y otras migas de pan que fue dejando Pulgarcito no sólo eran comida para pájaros. Es que no llevaban de manera incuestionable al chalet de Galapagar. Y el propietario lo resintió.

Muchos pensarán, dijo Iglesias cubriéndose con la atribución a otros de lo que él pensaba, que "lo que usted desea no es un Gobierno de izquierdas". Y también, "que no quiere un acuerdo de Gobierno con nosotros". Pero el de Galapagar se equivoca o, seguramente, quiere equivocar. Sánchez no tiene ningún problema con ponerle a su Gobierno el broche de izquierdas. No le hace ascos ni a la cercanía del lacito amarillo. Lo único que no quiere Sánchez es un Gobierno con dirigentes de Podemos dentro.

Este es el problema. De ahí las cambiantes excusas socialistas. De ahí que Iglesias, haciendo cienciología de la ciencia política, quisiera hacer pasar por "nuestra experiencia de Gobierno a la portuguesa" el año escaso en que Sánchez ha estado en la Moncloa después de la moción de censura. Porque el plan del candidato era y es precisamente ese: un Gobierno a la portuguesa, con los socialistas dentro y los podemitas fuera, apoyando. Experiencia que en Portugal ha resultado muy beneficiosa para los primeros y muy perjudicial para los segundos.

La tergiversación de Iglesias no tenía otro fin que proclamar el fracaso de la fórmula portuguesa –que la cienciología declara ya ensayada en España– y afirmar que se necesita lo que él mismo necesita: entrar en el Consejo de Ministros, aun a través de hombres y mujeres de paja. Cuando dijo que para Sánchez lo prioritario "es el poder", y no un programa de izquierdas, olvidó decir que para un Podemos en declive estar en el poder, pisar moquetas ministeriales, no es sólo prioridad, sino condición de supervivencia.

En réplica a las peticiones de abstención de Sánchez, Rivera apuntó que lo que quería el candidato es que Ciudadanos legitimara un Gobierno con Podemos y los nacionalistas. Es muy posible. Pero, sea lo que fuere que estén negociando en la "habitación del pánico", como la llamó Rivera, aquello que debe de darle pánico a Sánchez es la cohabitación con ministros de Iglesias. Un Iglesias que mantuvo a su lado, durante la sesión, al diputado Jaume Asens, el más separatista de los comunes. No hay duda. La izquierda que se le ofrece a Sánchez es la izquierda amarilla.

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