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Cristina Losada

De Guitiriz al Supremo

El episodio de la gasolinera de Guitiriz nos conduce, pese a su escenografía de telefilm cutre, al meollo de las relaciones entre empresarios amigos y políticos prestos a amigarse.

Cristina Losada
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La apertura de un proceso penal en el Supremo al exministro José Blanco se ha conocido al mismo tiempo que el fallecimiento de la mona Chita. Qué tendrá que ver, se me dirá, el compañero de fatigas de Zapatero con la inseparable compañera de Tarzán. Y, en efecto, ya sin la intérprete de conjunciones planetarias que teníamos en la esfera gubernamental, nada puede decirnos la coincidencia. Nada, salvo que ambas noticias inspiran idéntica exclamación, algo así como: ¡anda, pero estaba viva! O sea, en lo que nos ocupa, la justicia. Resulta que esa justicia a la que se tiene por muerta, no tanto porque evite topar con la política, sino por toparse e ir del brazo –y de parranda– con ella, está dando señales. Intermitentes, of course.

Cierto. No vamos a hacer de la anécdota categoría. La decisión del Tribunal bien se podrá tomar como la excepción que confirma la regla. Siempre hay "un juez en Berlín", tal como la leyenda pone en boca del molinero que pleiteó contra Federico II. Sin embargo, ya tenemos un tridente judicial de irregulares proporciones, pero de trascendencia política indudable. Camps en los tribunales, Blanco a las puertas y Urdangarín de camino. Eso, más la cuarta dimensión que son los turbios asuntos de la Junta de Andalucía y el quinto elemento que representa Garzón.

El Supremo ha visto en el expediente de la Operación Campeón que afecta a Blanco, posibles delitos de tráfico de influencias y de cohecho. En campaña, el candidato Rubalcaba vaticinó que en cuanto pasaran las elecciones veríamos el asunto de otra manera. Insinuaba, así, que todo era un montaje urdido por el PP y una juez de Lugo. A la difamación llegó Alfonso Guerra a cuenta de ese caso y el andaluz. Y de esos polvos, estos lodos, es decir, la impresión de que "todos son unos chorizos". Un juicio popular que se moderaría si el político bajo sospecha de corrupción, motu proprio o forzado por su partido, se apartara de inmediato de la actividad pública.

El episodio de la gasolinera de Guitiriz nos conduce, pese a su escenografía de telefilm cutre, al meollo de las relaciones entre empresarios amigos y políticos prestos a amigarse. Dicho de otro modo, la cultura de la subvención es el caldo de cultivo de la corrupción. De no haber ido Blanco en las listas, su carrera política tendría una oportunidad si saliera indemne del proceso. Ahora ya es cadáver. Claro que pena, pena, a mí sólo me la da Chita.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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