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Cristina Losada

El bulo amarillo y los cascos azules

Que el Comité no se pronuncie de ninguna manera sobre el fondo del asunto, cosa que llevará su tiempo, es un detallito sin importancia

Cristina Losada
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Hace días que corre un bulo envuelto en lazo amarillo. Los del lazo están especialmente contentos con ese bulo, porque les promete un triunfo en un escenario, el internacional, donde han depositado tantas esperanzas. Desde los albores del "procés", allá por 2012, el separatismo catalán ha mirado al mundo esperando que el mundo lo mirara a él y que asintiera, con benevolencia y simpatía, a sus planes de ruptura. Para lograr ese asentimiento pusieron en pie un costoso dispositivo supuestamente diplomático, aunque bien se lo podían haber ahorrado. Nos lo podían haber ahorrado, ya que se pagó con dinero público. Porque han demostrado mucha más capacidad para inventarse apoyos internacionales que para conseguirlos.

Se inventaron que una Cataluña independiente no quedaría jamás fuera de la Unión Europea. Se inventaron que la UE recibiría con los brazos abiertos a ese nuevo Estado, si es que por alguna artera maniobra quedase fuera en algún momento después de la independencia. Se inventaron que los Gobiernos europeos iban a presionar a España para que se celebrara un referéndum de autodeterminación en Cataluña. Se inventaron que el departamento de Estado de Estados Unidos había mostrado su apoyo a que se hiciera el referéndum. Algunas fueron invenciones puras y otras fueron invenciones basadas en la pura distorsión.

A estas últimas pertenece el bulo sobre el Comité de Derechos Humanos de la ONU. Primero Jordi Sánchez y, después, Carles Puigdemont pusieron quejas individuales ante ese Comité de Naciones Unidas alegando que España había vulnerado sus derechos políticos al no permitirles presentarse a la investidura en el parlamento catalán. El hecho de que el Comité admitiera a trámite ambas demandas fue difundido por los independentistas como una resolución favorable. Y, en el caso de Sànchez, dado que el Comité indicaba que había pedido a España que "tomara todas las medidas necesarias" para que pudiera "ejercer sus derechos políticos", incluso como un fundamento para conseguir que pudiera ser efectivamente investido.

Bien. De hacerles caso, ahora tendrían a dos candidatos en perfecto estado de investidura, uno en la cárcel de Neumünster y otro en la de Estremera, porque el Comité de Derechos Humanos ha admitido sus denuncias. Que haya sido una admisión a trámite y que el Comité no se pronunciara de ninguna manera sobre el fondo del asunto, cosa que llevará su tiempo, son detallitos sin importancia para el razonamiento independentista. Aunque no sólo para ese peculiar razonamiento. No pocos periódicos publicaron la noticia con la misma mutilación, y dieron a entender que el Comité había resuelto a favor de los denunciantes. Ante la tergiversación y la confusión, la catedrática Teresa Freixes escribió una nota aclarando qué es, cómo funciona y para qué sirve el Comité de Derechos Humanos. En relación a la insistencia de los medios en que el Comité había tomado "medidas cautelares" respecto de Jordi Sànchez, Freixes decía lo siguiente:


Los Comités no pueden tomar ‘medidas cautelares’. Las medidas cautelares se toman en los procesos judiciales para asegurar que cuando se dicte sentencia, la sentencia pueda ser cumplida (la prisión provisional, por ejemplo, para asegurar la presencia del acusado en el juicio y, en su caso, para que pueda cumplirse la sentencia de privación de libertad si el resultado es condenatorio; o las fianzas dinerarias, por si es necesario pagar indemnizaciones en el futuro, para asegurar que no haya alzamiento de bienes). El CDH de la ONU no puede tomar, por más que se empeñe quien se empeñe, medidas cautelares, puesto que no va emitir ninguna sentencia ejecutiva que sea necesario garantizar.

Es increíble, pero todavía no salta en las redacciones una alerta de comprobación cuando llega una noticia que ha pasado por la sala de maquillaje separatista. Esa cautela, falta. Y con esa falta de cautela, deliberada o no, se dio alas a la ficción de que Sànchez o el propio Puigdemont podían ser investidos por obra y gracia del Comité de Derechos Humanos, bajo la protección, por así decir, de un batallón de cascos azules. De este modo se van encerrando en su creencia, reforzándola, cuanto más la desmiente la realidad: con fantasías basadas en falsedades. Lo más nocivo de falsear tanto los hechos y las noticias no es que puedan engañar a otros; es que se engañan a sí mismos. Un autoengaño preocupante, porque tal como se ha comprobado, sus fantasías no son inofensivas.

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