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Cristina Losada

El (in)significante 'coletas'

Una de las principales confusiones de Iglesias es la de haber tomado una parte de la política –la comunicación– por el todo.

Cristina Losada
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Una de las principales confusiones de Iglesias es la de haber tomado una parte de la política –la comunicación– por el todo.
Pablo Iglesias sin coleta. | Dani Gago/Podemos

Se ha hecho noticia de un corte de pelo y aquí estamos, comentándolo en la pelu, el mejor sitio para hablar de política. Desde que se hizo el moño, sabíamos que iba a ocurrir. Había apuestas. He ganado. Era cuestión de tiempo y de oportunidad. La ocasión la pintan calva, dice el dicho. Con menos pelo, en todo caso. Quiere decir el dicho que la ocasión hay que aprovecharla cuando surge, porque no aparece más de una vez. No hablamos aquí, sin embargo, de buena ocasión ni de gran oportunidad. Tampoco de corte epistemológico, aunque a saber. Pero sí, en cierto modo, de mitología.

En el periódico global han puesto la noticia con cuidado: "Pablo Iglesias deja atrás su simbólica coleta", reza el pie. Reza, nunca mejor dicho. Puritanismo siempre. Es ñoñería ese "deja atrás", que sirve, y sirve mal, para reemplazar al breve y preciso "se la corta", pero eso tendría un simbolismo sobre el que no me voy a extender, por obvio. No obstante, "se ha cortado la coleta" tampoco es del todo exacto, ya que en realidad se la han cortado. Se la han cortado los votantes de Madrid. El dueño del pelo no ha hecho otra cosa que cumplir, simbólicamente – dirían en el global–, el mandato de las urnas.

El "coletas" se acabó. No está claro qué empieza. Igual se encuentra en aquel interregno entre lo viejo que muere y lo nuevo que no puede nacer en el que Gramsci dijo que surgen los fenómenos morbosos. Sea como fuere, ya no será lo que fue. Básicamente, porque ya no lo era. Pero en aquello que fue, la coleta era tan importante que su dueño lo teorizó. Esto no solemos hacerlo en la pelu, pero si nos ponemos también lo conseguimos, qué demonios. Lo irritante de Iglesias era y es que pontificara sobre sí mismo y su imagen –su look, dicen aquí– con la jerga de la impostura intelectual.

Lo hizo, singularmente, en la New Left Review, revista-tocho que le regaló a Sánchez, hace unos años, para mostrar quién tenía la superioridad intelectual. Antes le había regalado un libro sobre baloncesto, como diciendo: eso es todo lo que eres capaz de leer, colega, y porque lleva fotos. Y puestos a rememorar aquellos regalitos con intenciones, pongamos la serie Juego de tronos que le regaló a Felipe VI, un obsequio detrás del cual había toda una argumentación política. Una de las principales confusiones de Iglesias es la de haber tomado una parte de la política –la comunicación– por el todo.

Creyó que "la televisión es el gran dispositivo ideológico de nuestras sociedades" y que había un "pueblo de la televisión", pueblo al que había que camelar. Su presencia en tertulias, es verdad, le dio a conocer, pero hay que ver cómo se lo exponía a los intelectuales de la NLR, asunto de la coleta incluido: "El fenómeno televisivo Pablo Iglesias/el profesor de la coleta podría definirse como la ocupación más efectiva de ese espacio"; "el objetivo principal de la campaña era básicamente explicar que el chico de la coleta que salía en televisión se presentaba a las elecciones"; "el pueblo de la televisión no conocía a una nueva formación política llamada Podemos, sino a un tertuliano con coleta"; "en el contexto de profunda desafección hacia las elites, nuestro objetivo era identificar a ese pueblo de la televisión con un nosotros nuevo, aglutinado inicialmente por el significante Pablo Iglesias".

La relación entre la coleta y el significante la estamos explorando aquí en la pelu. De momento, ganan los que dicen que, ya sin coleta, el significante queda vacío. Los más prosaicos ven la utilidad del corte para pasar por las puertas giratorias. Los menos enemigos aseguran que se va a salvar por los pelos. Yo no digo nada, que para eso gané la apuesta, salvo: ¡cuánta pose!

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