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Errejón, tres comidas

La propaganda hay que leerla a la inversa. Como a Errejón, que denuncia el hambre en España mientras defiende, al negarlo, el hambre del 'socialismo del siglo XXI' en Venezuela.

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El político ultra Íñigo Errejón | EFE

El candidato de Podemos a la Comunidad de Madrid se ha pronunciado acerca de la sentencia del Supremo sobre el impuesto hipotecario diciendo, en Twitter, que el mensaje que envía el dictamen es una llamada al robo de los poderosos ("si robas, roba mucho y serás perdonado") mientras se castiga al débil y hambriento: "El lunes, pidieron 4 años de cárcel a un hombre por un bocata. La ley o es igual para todos o fractura la sociedad". El país que dibuja el moderadoÍñigo Errejón, el socialdemócrata de Podemos, es siempre así: un país roto, empobrecido y hambriento. Una España donde "los poderes salvajes de los más ricos", como dice en un Festival de Filosofía para explicar qué es el neoliberalismo, encarcelan a los hambrientos que roban un bocadillo. Ricos, salvajes y sádicos, los poderes. La gente, rota, pobre y sin un mísero bocata con el que engañar al hambre.

Repasaba esos mensajes de Errejón en la sala de espera. Estaba esperando a que desmintiera unas declaraciones suyas en Chile sobre los "importantísimos avances" que se han dado en Venezuela gracias a Chávez y Maduro, en las que decía que allí nadie pasa hambre. Le faltó decir que hambre, hambre, sólo en España. Aunque eso ya lo dice aquí. La entrevista la publicó a finales de octubre el semanario chileno The Clinic. La hizo el director, Patricio Fernández. La pieza merece leerse entera, aunque de manera especial el momento de las tres comidas:

–¿Por qué defiendes al gobierno de Maduro en Venezuela?
–El proceso político en Venezuela ha conseguido inmensos avances en una transformación en sentido socialista, inequívocamente democrática, donde se respetan los derechos y libertades de la oposición, que dicen todos los días por casi todas las televisiones que es una dictadura…

–Se le impuso una Asamblea Constituyente elegida sin la participación de la oposición que reemplazó en sus facultades a la Asamblea Nacional.
–Ah, no, no, eso no significa… yo creo que en la conducción económica, en la gestión de las relaciones con la oposición, en la gestión de la seguridad ciudadana… hay muchas tareas que el proceso político venezolano no ha resuelto bien y yo creo que es un proceso sumido en conflictos profundos.

–¿Tú te sientes cómplice de ese proceso político a estas alturas del partido?
–Yo creo que ha habido importantísimos avances.

–Yo sólo veo retrocesos.
–No, no, no, en Venezuela la gente hace tres comidas al día.

–En Venezuela la población ha bajado alrededor de 10 kilos en promedio en los últimos años.
–Yo ese dato no lo tengo.

–Yo sí.
–No los he visto publicados en ningún sitio.

–Si quieres te los muestro.
–Se han hecho drásticos avances, por ejemplo, en conseguir que la gente tenga acceso a la salud pública, que tenga acceso a la educación.

Inmensos, drásticos, importantísimos avances y tres comidas al día. Es difícil que Errejón pueda desmentir lo que dijo al semanario chileno con drástica impudicia e inmenso desprecio por la verdad. Las suyas son, además, respuestas tipo. Repetidas una y otra vez frente a cualquier crítica al chavismo. Años atrás, si decías que Chávez había socavado la democracia te replicaban que había conseguido reducir los índices de pobreza. Ardid con el que, automáticamente, legitimaban a cualquier dictadura bajo la cual se eleve el nivel de vida de la población. Ahora, con Maduro, la degradación de las condiciones de vida en Venezuela es tal que sus defensores tienen que mentir a cara de perro y negar los datos –¿qué datos?– al tiempo que cantan la vieja canción de los avances.

No es la primera vez en la historia que los "avances en una transformación en sentido socialista" provocan escasez y hambre. Es prácticamente consustancial. Ocurrió en el primer paraíso socialista a una escala gigantesca y catastrófica. Y hubo una legión de propagandistas, unos a sueldo, otros por convicción ideológica, que lo negaron. Intelectuales, científicos y artistas prestigiosos, norteamericanos y europeos, fueron a visitar la URSS justamente para desmentir los rumores insidiosos sobre la hambruna.

El británico Julian Huxley atestiguó que la población tenía un nivel de salud general superior al que se veía en Inglaterra. El escritor alemán Feuchtwanger observó que incluso las personas de bajos ingresos recibían a sus invitados con prodigalidad sorprendente. El dramaturgo George Bernard Shaw arrojó ostentosamente comida desde el tren antes de cruzar la frontera soviética, para mostrar que estaba convencido de que no había ningún racionamiento. Una vez en Moscú, se mantuvo desafiante en la negación delante de quienes le aseguraran lo contrario.

El corresponsal del New York Times, Walter Duranty, informó al mundo que los graneros soviéticos estaban repletos de cereal y los campesinos perfectamente alimentados mientras millones de ellos morían de hambre. Entre los pocos que fueron y contaron la verdad estuvo el corresponsal del Manchester Guardian, Malcolm Muggeridge. Así lo describió:

Interrumpí mi viaje varias veces y nunca podré olvidar lo que vi. No era precisamente una hambruna… Esta hambruna particular estaba planificada y era deliberada; no se debía a una catástrofe natural, como sequía, ciclón o inundación. Era una hambruna producida por la colectivización forzosa de la agricultura, un asalto al campo por parte de los apparatchiks –esos mismos hombres con los que había estado hablando amigablemente en el tren– apoyados por violentas cuadrillas de militares y policías…

El hambre como instrumento político. No sólo por ineficiencia, sino como herramienta de aniquilación del individuo y de la sociedad. Nada más errado que creer que esos regímenes que se instalan en nombre de los pobres –o de "la gente"quieren mejorar las condiciones de vida de aquellos. La propaganda hay que leerla a la inversa. Como a Errejón, que denuncia el hambre en España mientras defiende, al negarlo, el hambre del socialismo del siglo XXI en Venezuela.

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