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Cristina Losada

Exclusiva: Cervantes era catalán

Odian a España y quieren apropiarse de sus figuras y sus gestas. Aborrecen lo español y, al tiempo, desean todo lo español para ellos. Raro, ¿no?

Cristina Losada
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Odian a España y quieren apropiarse de sus figuras y sus gestas. Aborrecen lo español y, al tiempo, desean todo lo español para ellos. Raro, ¿no?

Un cursillo impartido este verano por un Institut Nova Història ha vuelto a traer a la playa, como trae la marea, la especie de que Cervantes era catalán. El ponente del asunto fue su director, un profesor Jordi Bilbany, que es especialista en desmontar todas las conspiraciones seculares para falsear la historia y arrebatarle a Cataluña cada una de sus glorias. En breve, un friki nacionalista. Como el frikismo no conoce fronteras, al contrario que el nacionalismo, resulta que la cuna de Cervantes está muy disputada por regiones, autonomías, nacionalidades, ciudades, pueblos y aldeas varias. Bilbany se enfrenta a muchos competidores e igual tenemos una guerra de Gila por esto.

Lucerna, Esquivias, Sevilla, Madrid, Toledo, Consuegra y Alcázar de San Juan son, en una primera aproximación, lugares que han reclamado para sí el honor de haber visto nacer a Miguel de Cervantes. También hay estudios que aseguran, siempre con documentos, que Cervantes era gallego o que, al menos, en tierras del Reino de Galicia, fuese en Sanabria o en Lugo, tenían el solar sus ancestros. Algún autor sostiene que el habla y la sintaxis que empleaba proceden clarísimamente de la zona, que en este caso era Sanabria. Bien, véaselas en duelo con Bilbany, que dice que El Quijote que conocemos es una mala traducción de un original catalán de la que sólo los adivinos tienen noticia, ya que desapareció. Ah, la conjura.

La conjura de los necios, porque en la deficiente traducción quedaron delatados. Aunque no lo debieron de hacer tan mal cuando hicieron falta varios siglos, muchos adelantos y unas buenas universidades para formar a unos tipos muy listos, como Bilbany y otros, que descubrieron el petate. Es decir, descubrieron que la obra emblemática de la literatura española es una traducción cutre del catalán. ¿Y qué iban a hacer? Es sabido que los traductores siempre han estado mal pagados. Con todo, yo creo que Bilbany se ha quedado corto y es timorato al lado de un autor que, hace unos años, incluyó a Cervantes en la lista de los gays y lesbianas de la historia de Cataluña. Ése apostó más fuerte.

El director del Institut, que cuenta con las preceptivas subvenciones de los ayuntamientos de CiU, tiene otro cuelgue con Colón, que sería un catalán al que la conspiración del Estado (español) viene haciendo pasar por genovés desde 1492. Pero ahí se le adelantó el peruano Luis Ulloa, que publicó su Cristóbal Colón, catalán en 1927. En cualquier caso, por Colón hay aún más fiera competencia, pues ya entran al trapo Portugal, Córcega, Grecia, Noruega, Croacia y hasta los ingleses, además, claro, de los gallegos. En fin. Esta lucha por la cuna de Cervantes o del descubridor de América es, aunque ridícula, comprensible. Todo el mundo puja por los héroes. Pero el caso de Bilbany y otros de su cuerda no se entiende. Odian a España y quieren apropiarse de sus figuras y sus gestas. Aborrecen lo español y, al tiempo, desean todo lo español para ellos. Raro, ¿no?

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