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Feminismo en Vogue

El feminismo vengativo se estrenó con Zapatero en plan diosas olímpicas en el papel couché y ha madurado, quince años después, como una gran operación comercial.

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A finales de la década de 1960, en Estados Unidos hizo fortuna la periodización del feminismo en olas. Primera, segunda, tercera y ahora, dicen, la cuarta. La metáfora de las olas sigue funcionando, siguiendo siempre la estela del feminismo norteamericano, que es el que marca tendencia. Funcionando también en el sentido de establecer una unidad esencial en el fenómeno feminista, que abarcaría desde las sufragistas del XIX hasta el Hollywood del #MeToo. Unidad que no ha existido ni existe, como bien demostraban aquí estos días, e igual el año pasado, los ataques de las 'ochomarcistas' a las mujeres que no comulgaran con sus consignas. Por poner un ejemplo sonado y sobrado: la socialista Amparo Rubiales llamaba "tonta" y "so tonta" en las redes a la dirigente de Ciudadanos, Inés Arrimadas. Que nadie se llame a engaño sobre el significado de 'sororidad', ese lema que tanto repiten y que han copiado, cómo no, a las norteamericanas.

Pues de olas hablan, hablaré yo. De las de nuestro pasado reciente. La primera ola feminista eran las hermanas Alberdi; la segunda, la que representaban mujeres como Empar Pineda; y la tercera, la que encarnaron las ministras de Zapatero retratadas en La Moncloa, luciendo modelitos para la revista Vogue. De las que salieron en Vogue y sacaron la ley contra la Violencia de Género, viene la cuarta. Es la que tiene de estandarte a las celebrities, desde la actriz del libro de la manzana a las reinas de la mañana de la tele; y de meritorias, a las monjas laicas de la prensa de papel. No hemos salido ganando en esta evolución.

El fenómeno de masas que ha eclosionado en los dos últimos 8-M, que antes era asunto marginal o minoritario, hay quien lo celebra como una gran toma de conciencia colectiva sobre la igualdad, estropeada aquí y allá por cierto sectarismo. Pero resulta que el sectarismo es lo esencial. El sectarismo y la victimización, conjuntamente. Y lo que marca el punto de inflexión, y no acaban de ver los bienpensantes, es que el 8-M y la temática feminista se han convertido en 'moda'. De ahí la paradoja de una protesta que apoya 'todo el mundo' y de la que, entonces, cabe preguntarse contra quién va. Cosa que no importa, porque se trata de una exhibición. Exhibe los buenos y correctos sentimientos, no un posicionamiento sobre medidas políticas concretas. Es autocomplaciente: apoyar señala virtud. Y exhibe sintonía. Nadie se quiere quedar fuera, demodé.

Lo que empieza en Vogue acaba en Marie Claire, pasando por SModa. El feminismo vengativo (tomo el término de un artículo de Pineda de 2006) se estrenó con Zapatero en plan diosas olímpicas en el papel couché y ha madurado, quince años después, como una gran operación comercial. Hasta el banco felicita a sus clientas el Día Internacional. Hay que darles la noticia a las anticapitalistas, que no se enteran. Y no es que sea yo enemiga del comercio. Sólo de la venta de revanchismo y confrontación. Aunque lo peor es la tutela. La creciente tutela del Estado y de las leyes sobre la vida de las mujeres y la sobreprotección derivada de la victimización. Eso sí que es un fenómeno: todo un retroceso para la autonomía de las mujeres. Claro que la tutela más insoportable es la que pretenden ejercer, sobre todas las mujeres, las 'portavozas' y su séquito. ¡Qué castigo y qué pesadez!

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