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Cristina Losada

Las defensas del 'régimen'

Si un electorado decide apuntarse masivamente a hacer tabla rasa, no habrá nada que hacer. No hay sistema ni defensas que protejan frente a tales arrebatos.

Cristina Losada
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Si un electorado decide apuntarse masivamente a hacer tabla rasa, no habrá nada que hacer. No hay sistema ni defensas que protejan frente a tales arrebatos.

Por más que hoy sea frecuente despreciarlos por tontos o acojonados, y esto último en España es peor, los hombres y mujeres que echaron los cimientos de nuestro sistema político sabían un par de cosas y no ignoraban del todo la historia de su país. Se trataba, por supuesto, de tipos muy aburridos, que consideraban que hacer y deshacer Constituciones, del mismo modo que echar y traer reyes, eran ejercicios que ya se habían hecho de sobra en la España del XIX, y que no convenía repetir a la primera de cambio. De ahí esos blindajes parciales, pero sólidos, que establecieron para la reforma de la de 1978, y que tanto molestan a esos chicos tan graciosos y televisivos de ahora, que ven ahí un "candado" que limita la voluntad del pueblo soberano y básicamente la suya propia.

Eran tan convencionales y poco dados a las aventuras colectivas, que entendían que los elementos competitivos de la democracia debían compensarse con otros tendentes al consenso y a la estabilidad, por lo que optaron por el sistema electoral que aún tenemos. Es decir, un sistema que, como es bien sabido, favorece a los dos principales partidos en detrimento de los pequeños. Hoy, cuando una parte notable del electorado ha decidido seguir en romería a los que no quieren dejar piedra sobre piedra del "régimen del 78", es cosa de ver cómo van a funcionar esas defensas que se pusieron justo para evitarlo.

Los profesores José Ramón Montero e Ignacio Lago acaban de publicar un artículo en el que advierten de que no tiene mucho sentido, o ninguno, traducir las estimaciones de voto en escaños sin tener cuenta el sistema electoral del que estábamos hablando. Esto es, no se puede decir con la ligereza acostumbrada que la sorpresa demoscópica va a convertirse en la sorpresa parlamentaria: no en la misma magnitud al menos. Los autores recuerdan que el sistema electoral tiene dos sesgos que refuerzan el statu quo: el sesgo mayoritario, antes mencionado, y el sesgo conservador, que favorece, explican, a los distritos menos urbanos. Concluyen lo siguiente:

Si efectivamente Podemos ganara en las circunscripciones más grandes, su sobrerrepresentación en términos de escaños será limitada. Pero si se confirmara que en los distritos pequeños obtiene alrededor del 10-15% de los votos, su castigo será considerable. Es difícil que en estos distritos consiga algún escaño, de modo que acumularía una gran cantidad de votos perdidos. Y ello facilitaría a su vez una considerable sobrerrepresentación de los principales partidos, sobre todo del PP, e incrementaría la posibilidad de que en las próximas elecciones generales un partido con más votos que otro consiga, sin embargo, menos escaños, como sucedió en las elecciones catalanas de 2003.

Los argumentos de Montero y Lago deberían tenerse en cuenta antes de dibujar mapas del parlamento a partir de las estimaciones de voto. Pero su pronóstico, el que acabo de citar, no tiene que cumplirse necesariamente. ¿Y si los distritos pequeños ya no son el bastión de conservadurismo que eran? Es una duda razonable. Como lo es plantear que las defensas del sistema existen pero que confiar en ellas como único freno sería temerario. Si un electorado decide apuntarse masivamente a hacer tabla rasa, no habrá nada que hacer. No hay sistema ni defensas que protejan frente a tales arrebatos. Ni marcha atrás.

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