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Cristina Losada

¿Payasos al poder?

La izquierda, en la lucha por el voto obrero, ni está ni se la espera. Está en el circo de las múltiples pistas identitarias. Pero, claro, los payasos son los otros.

Cristina Losada
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La izquierda, en la lucha por el voto obrero, ni está ni se la espera. Está en el circo de las múltiples pistas identitarias. Pero, claro, los payasos son los otros.
El primer ministro británico, Boris Johnson | EFE.

Ha corrido como la pólvora que el ganador de las elecciones británicas es un payaso. Otro más, porque en la lista circense figuraba ya Donald Trump. Y es así como la gran mayoría obtenida por el Partido Conservador, frente al riesgo de otro Parlamento fragmentado, se atribuye al efecto de esas pulsiones populistas que, al parecer, inducen a votar por payasos en lugar de a políticos serios, formales y discretos. Que, por cierto, ¿dónde están en el poder o con posibilidad de alcanzarlo?

En la opinión española, la idea de que Boris Johnson es un payasete ha triunfado de largo. Siempre es más fácil señalar al payaso ajeno que al propio. Igual que es más probable que el clown sea de derechas y no de izquierdas. Aún no ha llegado el día, entre nosotros, en que a un dirigente político no conservador, por ejemplo, a un socialdemócrata, se le descalifique políticamente de esa forma. No es sólo cosa nuestra, sin embargo. En la prensa británica, y no precisamente en los tabloides, se han podido leer cosas como que "llamar payaso a Boris Johnson es injusto para los payasos".

Dejemos a los payasos en paz. Por un momento. Porque en cuanto se recurre al payaso, todo lo demás desaparece. Sólo vemos al tipo con la cara pintada, la narizota roja y la ropa de colorines. Como si al apelar a esa figura ya estuviera todo dicho. Desaparece incluso la demanda de explicaciones. ¿Por qué gana el payaso? Ah, por el populismo. ¿Por qué gana el populismo? Ah, por los payasos. Y así podríamos continuar sin pausa y sin remedio.

Lo interesante de la mayoría que han logrado reunir los tories, la mayor desde 1987, cuando Margaret Thatcher consiguió su tercer mandato, es su heterogeneidad. Los conservadores no sólo han ganado en sus feudos tradicionales, sino que se adentraron en territorio laborista. Este movimiento lo prefiguraba el voto a favor del Brexit, que atrajo a exvotantes de izquierdas en esas zonas. Su infidelidad podrá atribuirse a la creciente desconexión entre la socialdemocracia y las clases trabajadoras –o ‘los perdedores de la globalización’–, pero lo indudable es que han votado a Johnson para que haga el trabajo: get Brexit done. Y que esta nueva incorporación al voto conservador pone al primer ministro en un dilema.

Hasta ahora, Johnson se encontraba próximo a las ideas de grupos conservadores que defendían el libre mercado, la desregulación y la globalización. En su Gobierno, el que formó en julio pasado, dio puestos relevantes a los autores de un libro –Britannia Unchained, 2012– considerado la hoja de ruta de un modelo que se ha popularizado como el proyecto de hacer "un Singapur en el Támesis". Sus cinco autores, entre ellos Dominic Raab, miembro del Gabinete, proponían emular a los tigres asiáticos, y fustigaban la elevada presión fiscal, los excesos regulatorios y el tamaño del Estado. Se citó mucho, de ese libro, una frase que decía que los trabajadores británicos se contaban "entre los más ociosos del mundo". Lo cual nos lleva a la cuestión: ¿cómo van a combinarse ideas como reducir el peso del Estado, desregular y liberalizar con las demandas de esos nuevos votantes conservadores que, en principio, apuntan hacia el proteccionismo y, por tanto, en sentido contrario?

Un indicio lo dio Johnson en su discurso postelectoral, en el que se dirigió a esos electores que "nunca habían votado conservador" para decirles que no los defraudaría. Pero, sobre todo, con su promesa de dejar atrás la austeridad, reforzar el NHS –la sanidad pública, que fue el gran tema de campaña del laborismo–, aumentar la plantilla policial y hacer inversiones de obra pública. Un programa que conduce, en cualquier caso, a aumentar el gasto público, como haría cualquier gobernante socialdemócrata. Y esto no es más que el principio. Johnson tendrá que hacer equilibrios entre las inclinaciones globalistas de sectores influyentes de su partido y las proteccionistas de su nueva hornada de votantes. De modo similar a Trump, que conquistó a electores tradicionales de los demócratas, precisamente de las clases trabajadoras. Porque la izquierda, ahí, ni está ni se la espera. Está en otro circo, ése de las múltiples pistas identitarias. Pero, claro, los payasos son los otros.

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